A pesar de lo prescripto por la ley mosaica, que lo obligaba a quedar a distancia de la gente, el leproso se acerca a Jesús con la confianza de ser escuchado en su angustia. Ser leproso significaba en la mayoría de los casos ir con pasos acelerados a la muerte. La única compañía con que él podía contar eran otros que sufrían la misma enfermedad, y cuyo cuadro afirmaba su propio proceso de desenlace fatal. Si era padre o madre de familia, tenía que separarse de sus seres queridos, y estos a su vez debían alejarse de ellos. O a la inversa, los padres tenían que abandonar a los hijos a su suerte desgraciada, dejándoles quizás alguna comida por ahí, que ellos se podían buscar. La exclusión de la sociedad era el destino implacable de los que sufrían esta enfermedad. Y lo que agravaba más todavía esta segregación era que el leproso estaba excluido del culto público y declarado impuro.
“Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó.” Con este gesto manifestó su libertad frente a la ley y su poder como Hijo de Dios. Y su palabra: “Quiero, queda purificado” , sana al leproso. Lo que llama la atención en el evangelio de San Marcos es que el Señor le prohíba al curado contar lo que le había pasado, y que solamente se presentara a las autoridades para que lo reintegren en la comunidad. Jesús no quería que se confundiera su misión con las expectativas que el pueblo judío tenía de un Mesías que iba a solucionar los problemas tomando el poder. El curado, al no hacerle caso a Cristo, provoca justamente la reacción masiva de la gente que cree haber encontrado en Jesús este Mesías que estaban esperando. Y de este modo se invierten de pronto los roles entre el que había sido leproso y el Señor. Mientras el curado está de vuelta en su pueblo, Jesús “debía quedarse afuera, en lugares desiertos.” Pareciera que ya entonces se anticipara lo que el profeta Isaías profetizó del Siervo de Yahvé: “Él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias...por su heridas fuimos salvados” (Is 53, 4.5). También el apóstol San Pablo, cuando habla de las tribulaciones y esperanzas del ministerio apostólico, deja entender que existe un misterioso intercambio entre él y la comunidad: “De esta manera, la muerte hace su obra en nosotros, y en ustedes, la vida” (2 Co 4, 12). En realidad, en la Iglesia todos los que ejercen autoridad, son representantes de Cristo que es la cabeza de la Iglesia y están llamados a ejercer su ministerio al modo de su Señor; es decir, a cargar con “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo” (GS 1).
El evangelio termina diciendo: “Y acudían a Él de todas partes”. Es decir, para encontrarse con el Señor, tenían que dejar la protección de sus casas e ir a los lugares desiertos, afuera, para estar con Él. Han sido éstos los primeros retiros espirituales, con los cuales el Señor nos indica un modo de evangelización que no ha perdido su vigencia. Hasta uno puede olvidarse del avío, cuando se alimenta con la Palabra. El Señor provee lo que necesitamos para el sustento, como lo mostró en la multiplicación de los panes. Al retirarnos de nuestras obligaciones diarias y tomar distancia, descubrimos la vida con mayor claridad desde el ángulo de la fe. Nos damos cuenta que son en realidad pocas las cosas necesarias, como decía Jesús a Marta, y que se elige mejor cuando uno se pone a los pies del Señor para escucharlo como su hermana María. Es alentador que a pesar de la crisis de nuestra época, de la cual la Iglesia no está exenta, no falten vocaciones a la vida contemplativa, y que también en nuestro país los conventos de monjas sigan creciendo.
El día domingo y la eucaristía es un tiempo así de retiro semanal, que debemos guardar, defender y vivir celosamente. Los que estamos sanos, acudamos siempre para encontrarnos como Pueblo de Dios. Y los que están impedidos por enfermedad, recuerden que el Señor los visitará, si lo piden a la comunidad. Especialmente tenemos presentes a los que están completando en su cuerpo lo que falta en el sufrimiento de Cristo, y que nos orientan a todos a caminar con esperanza hacia el encuentro definitivo con el Señor.
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