En el último Subsidio Pastoral para el domingo, que Mons. Novak solía enviar a los agentes pastorales, hacía alusión al 9 de Julio - Día de la Patria, el mismo en que Dios lo llamó a su casa. Dice ahí: "Celebramos jubilosamente el Día glorioso de nuestra Independencia. Olvidando o postergando nuestras diferencias de opinión coincidimos todos en realimentar la unidad nacional, basándonos en los perennes valores que la más pura tradición cristiana nos propone".
Y cita de una Declaración, que nuestra Conferencia Episcopal había publicado poco antes bajo el título "Hoy la Patria requiere algo inédito", el siguiente párrafo: "Es necesario rehacer nuestra cultura, recuperando los valores que nos dieron existencia. Esto supone desarrollar una educación que sea promotora de la persona humana y discierna claramente los desvalores con los cuales convivimos cotidianamente. Sólo asumiendo una vida de auténtica justicia y de verdadera libertad, en la que el hombre sea el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones, encontraremos los caminos que nos lleven a construir una sociedad más justa y equitativa, recreando los vínculos sociales tan deteriorados ahora, en medio de una clima de violenta inseguridad y temor".
Este último mensaje del primer Pastor de nuestra Iglesia de Quilmes era coherente con su permanente preocupación por el devenir de nuestro país. La diócesis nació justo en el tiempo más cruel de nuestra patria, al cual su obispo se enfrentó como un profeta inclaudicable. Su cercanía a los familiares de los desaparecidos ha sido un testimonio luminoso de Buen Pastor que estaba dispuesto a dar la vida por las ovejas. Rechazando expresamente la subversión homicida y el terrorismo genocida del estado, defendió incansablemente los derechos del hombre, tanto por sus palabras como por sus gestos, que en su momento no siempre han sido comprendidos.
Su conciencia, a la cual obedecía de modo impertérrito ante Dios y en fidelidad al magisterio de la Iglesia, ha sido su fuerza para enfrentar los desafíos en aquellos años dolorosos. En esta prédica Jorge Novak no solamente estaba en comunión con su propia Iglesia, sino se solidarizaba con los hermanos protestantes que junto con él habían formado el Movimiento Ecuménico de los Derechos Humanos. Su voz se hacía oír, cuando nadie hablaba y muchos sentían miedo de acudir en ayuda de los que la buscaban desesperadamente el apoyo en sus reclamos.
El advenimiento de la democracia, sin duda, inició una etapa nueva en nuestra historia, pero falta mucho para aprender el respeto al orden republicano. El último mensaje del Obispo revela que él no se había quedado en el pasado, sino que hasta el último momento de su vida estaba alertando como centinela por los peligros que debemos enfrentar hoy, "basándonos", como decía, "en los perennes valores que la más pura tradición cristiana nos propone". Ninguno de los cuatro ejes principales de la acción pastoral del primer obispo ha perdido su vigencia. Los derechos humanos, los pobres, el ecumenismo y la misión siguen siendo prioridades en nuestro caminar, pero con connotaciones nuevas que exigen una mirada aguda y una acción no menos decidida que en el pasado.
Los derechos humanos se amenazan hoy ya en los primeros instantes de la vida, cuando legalmente quieren cambiar el concepto de la persona para poder matarla antes de nacer o usar los seres ya concebidos como material genético descartable. En cuanto a los pobres, estamos lejos de una sociedad justa y equitativa. Mientras están surgiendo barrios lujosísimos en Buenos Aires y en el conurbano, a la vez están proliferando asentamientos y villas de emergencia que carecen de los servicios más elementales del hábitat humano. La violencia y la inseguridad son noticia todos los días, y la plaga de la droga se ha instalado en todos los niveles de la sociedad. La frivolidad de muchos medios masivos está minando los comportamientos de la sociedad que se está acostumbrando a un lenguaje procaz, que se burla de todos los valores.
Como Iglesia no podemos ser solamente observadores que se dedican a denunciar el malestar, sino debemos actuar con autoridad propia, siguiendo el ejemplo de Cristo y de sus apóstoles en medio de un mundo adverso a la propuesta evangélica. Y en esto debemos hacer causa común con los que no son católicos, pero buscan sinceramente el bien de las personas y se inspiran en la Palabra de Dios. Porque la crisis de la sociedad no es sólo de orden moral, sino religioso. La Biblia lo revela ya en sus comienzos: primero Adán se subleva contra Dios; después, como consecuencia, un hijo mata a su hermano. La misión de la Iglesia es imprescindible para que el hombre descubra y recuerde su origen, su proyecto y su destino final. Con esto la Iglesia no se adjudica el rol de establecer el orden justo de la sociedad y del Estado, que es una tarea principal de la política, como reafirma Benedicto XVI en su encíclica sobre el amor. "Desea simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia ayuda para que lo que es justo, aquí y ahora, pueda ser reconocido y después puesto también en práctica" (Deus caritas est, 28).
Volviendo al 9 de Julio de hace un lustro, el cronista de las últimas horas del Obispo Jorge relata: "Pasada la medianoche, Novak le decía al laico, amigo en común que esa noche lo cuidaba, "falta poco". Él pensaba que era el tiempo que faltaba para que amaneciera. Pero Novak se refería a su partida de entre nosotros. Efectivamente, en horas de la madrugada del lunes 9 de Julio entregaba su alma a Dios. Era el Día de la Patria y de la festividad, tan entrañable para él, de Nuestra Señora de Itatí: dos de sus grandes amores".
Para mí, después de haber vivido largos años en Corrientes, que tiene a la Virgen de Itatí como Patrona, ha sido una gran emoción encontrarme con su bella y querida imagen que mi antecesor tenía en el escritorio del obispo. Confiadamente entregamos en las manos maternales de María, la Pura y Limpia Concepción, la Inmaculada como la llamamos aquí, al Obispo Jorge, a la Iglesia quilmeña y a la Patria, para que interceda por nosotros.
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