LA VOZ DE NUESTRO PASTOR
   

NUESTRO SALVADOR

Homilía de monseñor Luís Stöckler, obispo de Quilmes, para la Navidad 2006

   

Cuando llega la Navidad, las noticias se perciben con mayor sensibilidad. El anhelo de armonía y paz es tan fuerte en estos días que los hombres se sienten violentados, cuando escuchan de accidentes en las rutas, desastres en la naturaleza, muertes en la guerra, abandono de chicos. Cosas que suceden durante todo el año, parecería que se espera que en Navidad no deberían pasar. Recuerda este anhelo las escenas absurdas de la primera guerra mundial, en que los soldados de los bandos opuestos salían en Noche Buena de las trincheras y celebraban un instante juntos el nacimiento del Redentor, para volver después a sus puestos de combate y seguir hostigándose con las armas. Todos los años, a pesar de todo, nos embarga la emoción y nos deseamos mutuamente felicidad y nos ilusionamos con la prosperidad y salud para todos. Y es notable que incluso en países no cristianos se estén contagiando con las costumbres navideñas del arbolito y los regalos, sin saber su origen. Hay que temer que también en nuestro país nos quedemos con las cosas externas y perdamos lo esencial de la fiesta. Somos responsables de nuestro ambiente, porque una fe que no se hace cultura –en palabras de Juan Pablo II- es una fe no plenamente asumida, no enteramente pensada, no fielmente vivida.

El centro de la Navidad es el mensaje anunciado en Belén por los ángeles de que nos ha nacido un Salvador. Jesucristo como un hombre noble y maestro sabio, ciertamente tiene la aceptación de mucha gente de buena voluntad. Pero el cristianismo no existiría, si se hubiera puesto a Cristo en la misma línea de un Moisés como legislador, de un Sócrates como maestro, de un Mahoma como profeta o de un Buda como iluminado. Más de un pensador, cristianos y aún agnósticos, han preguntado si los evangelios no podrían ser el invento de los hombres. Pero todos llegan a la conclusión de que la figura de Jesús y su mensaje son tan extraordinarios que debería haber existido una mente que hubiera estado a su misma altura. Y esta persona no está testificada en ningún momento en ninguna parte.

Nuestra fe afirma que Cristo, nacido de María, es Dios mismo que se ha hecho igual a nosotros en todo, menos en el pecado. Y el motivo de su encarnación fue cargar con nuestra iniquidad para liberarnos de nuestras culpas y sus consecuencias. Porque por nuestros propios esfuerzos no somos capaces de liberarnos de nuestras inclinaciones desviadas. “Él nos salvó, a fin de que, justificados por su gracia, seamos en esperanza herederos de la Vida eterna”.

Cuando contemplamos el pesebre, nos conmueve el Dios que se expone a los hombres como niño indefenso. No se impone con el poder sino apela a nuestro nobleza para protegerlo. Nosotros no podemos atribuirnos ningún mérito. Lo que nos queda es solamente aceptar esta entrega de Cristo por nosotros y dejarnos llevar por él al Padre. Dando por él y con él y en él la gloria a Dios en el cielo se instaura a la vez la paz en la tierra.

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes

 
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