LA VOZ DE NUESTRO PASTOR
   

BIENAVENTURANZAS

Homilía para el 6° Domingo del Año C (11/02/2007)

   

Las Bienaventuranzas son como la Carta Magna de la Iglesia. Presentan un texto medular, sin el cual no se puede entender la novedad del evangelio. Las aparentes paradojas describen el Reino de Dios que comienza ya ahora entre los mismos discípulos de Cristo. Cuando le preguntaron una vez a Jesús: “Dónde está el Reino?”, el les contestó: “El Reino está entre ustedes”. Las primeras comunidades eran la prueba de esta afirmación. En las mismas no había nadie que no tuviera lo necesario para vivir; porque entre todos ponían sus bienes en común. Los pobres experimentaban de manera palpable lo que era el Reino. Los que tenían hambre tenían con qué saciarlo. Los que lloraban encontraban consuelo en los hermanos que eran como su propia familia. Y entre todos estaban felices, aunque este nuevo estilo de vida provocara incomprensión y rechazo en el ambiente y los insultaran a causa de su adhesión a Cristo. Los auténticos movimientos de renovación que han surgido en la historia de la iglesia, siempre se han inspirado en las Bienaventuranzas y el ejemplo de las comunidades apostólicas.

El mensaje del evangelio parece utópico; sin embargo, es el más realista. Las propuestas de los economistas en general no apuntan a la solidaridad, sino creen en las leyes del mercado como si la oferta y la demanda organizaran por si solos la justicia entre los hombres. “Maldito el hombre que confía en el hombre y busca su apoyo en la carne”, dice el profeta Jeremías; “es como un matorral en la estepa”. Las sociedades así engendran permanentes conflictos en su interior, y las desigualdades son cada vez mayores. En cambio, “el hombre que confía en el Señor es como un árbol plantado al borde de las aguas; no se inquieta en un año de sequía y nunca deja de dar fruto”. No es verdad que el sermón de la montaña no sea aplicable a la política. Por el contrario, sin la fe en Dios y la aplicación de sus mandamientos nos condenamos nosotros mismos a la desolación. “Entre el fuerte y el débil, entre el rico y el pobre, la libertad es la que mata, la ley es la que salva”, decía Lacordaire. Y debemos agregar que ni la doctrina de la justicia social por si sola es capaz de garantizar la convivencia pacífica de los hombres, si no estamos motivados por el amor, por el espíritu de las Bienaventuranzas. Otro autor decía una vez, que hay dos tipos de personas: los que dicen a Dios: “hágase tu voluntad”; y aquellos a quienes al fin Dios tiene que decir, “que se haga tu voluntad”, o sea, tendrán su recompensa en las mismas cosas que siempre habían pretendido egoístamente durante toda la vida. Los ricos, los satisfechos, los que se ríen y los que buscan ser elogiados por todo el mundo, se excluyen de la felicidad de la comunión, y terminarán en absoluta soledad.

Para subrayar la importancia de esta enseñanza de las Bienaventuranzas, el evangelista dice que Jesús anteriormente se había retirado a una montaña para orar y que había pasado toda la noche en oración con Dios. Al amanecer eligió primero a los doce y les dio el nombre de Apóstoles. Con ellos bajó para encontrarse con sus discípulos y una gran muchedumbre. La dinámica de la evangelización comenzó en Dios mismo quien se manifestó a través de su Hijo. Jesús a su vez da participación en su misión a los Apóstoles, que tendrán que formar las comunidades de discípulos. Hasta hoy siguen aguardando las multitudes en todos los pueblos, a los cuales debe llegar el mensaje del Reino. Ésta es la tarea imprescindible de la Iglesia. Ella no es solamente difusora en el mundo de los valores evangélicos, sino “es sacramento de salvación para toda la humanidad y su acción no se limita a los que aceptan su mensaje” (RMi 20). “Sigue en pie su deber y su determinación de proclamar sin titubeos a Jesucristo, que es “el camino, la verdad y la vida” (RMi 55). En el encuentro de las diversas culturas y religiones, los misioneros deben tener una buena preparación, para que en el diálogo se llegue a una mejor comprensión del otro, y el otro conozca con claridad el mensaje cristiano. Invoquemos al Espíritu de Dios para que se allanen los caminos y todos lleguen a la casa del Padre.

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes

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