El mensaje de hoy es sumamente alentador. Todas las lecturas hablan del pasado como algo que hay que dejar atrás y de un futuro que nos depara algo nuevo. Las cosas antiguas sirven en cuanto nos recuerdan la bondad de Dios que en el pasado sacó a su pueblo de la esclavitud en Egipto, y que nuevamente cambió su suerte cuando Israel estaba cautivo en Babilonia. “Nos parecía que soñábamos” decían con el salmo, cuando podían volver a su tierra. Y evocaban la imagen sugerente del sembrador que esparce la semilla mientras está llorando; es decir que apuesta al futuro a pesar de su sufrimiento. “Yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta?”, pregunta Dios por boca del profeta Isaías.
Esta experiencia del pueblo se concretó también en la vida personal de Pablo. El encuentro con Cristo produjo en él un cambio radical. Su pasado como fariseo observante de la ley lo considera como basura en comparación con el inapreciable conocimiento de Jesús, su Señor. “Olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia adelante y corro en dirección a la meta, para alcanzar el premio del llamado celestial, que Dios me ha hecho en Cristo Jesús”.
No hay ninguna situación humana que no permita comenzar de nuevo. Donde se acepta la invitación de Dios y su perdón, el pasado no nos condena. El evangelio nos revela la actitud de Jesús frente a una mujer que había sido sorprendida en adulterio. Los fariseos se la presentaban con la intención de tenderle una trampa al Señor. Si él la trataba con benevolencia y mansedumbre, lo podían acusar por no respetar la ley, según la cual había que apedrearla; y si él, por el otro lado, consentía con la aplicación de esta ley, iba a perder la simpatía del pueblo que lo admiraba. Jesús no contestó a esta disyuntiva, sino invitó a sus adversarios a hacer un examen de conciencia y preguntarse si ellos mismos estaban sin pecado. Ninguno entonces se atrevía a arrojar la primera piedra. La palabra de Jesús a la mujer adúltera: “Yo tampoco te condeno. Vete, no peques más en adelante”, está dirigida a todos los que están agobiados por el juicio de su propia conciencia y avergonzados frente a los demás. Basta dejarse mirar por el Señor y abrirle confiadamente el corazón, para que se borren las culpas y se recupere la libertad y la alegría.
Estamos acercándonos ya a la Semana Santa. Al comenzar la Cuaresma dijimos que el examen de conciencia y el propósito de enmienda era el primer paso en el camino de la santidad. Ahora, antes de la Pascua estamos invitados a acercarnos a la confesión. Más si hubiera un pecado que impide la plena comunión con el Señor en la Eucaristía. El sacramento de la Reconciliación causa el milagro de la aniquilación de la culpa, y el mismo Dios habita a partir de este momento en lo profundo de la persona. La comunión eucarística, a la cual el cristiano católico no está solamente invitado en el tiempo pascual, sino urgido por el mandamiento, produce nuestra transformación moral en virtud del amor de Cristo que reside en nosotros.
Esto trae consecuencias muy concretas, como nos dice nuestro Papa Benedicto en su reciente carta apostólica “Sacramento de la Caridad ”. Traigo de esta carta a colación lo que tiene que ver con el día de hoy, en el cual celebramos en nuestro país y muchos otros la Jornada de la Vida : “El culto agradable a Dios”, dice el Papa, “ nunca es un acto meramente privado, sin consecuencias en nuestras relaciones sociales: al contrario, exige el testimonio público de la propia fe. Obviamente, esto vale para todos los bautizados, pero tiene una importancia particular para quienes, por la posición social o política que ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas. Estos valores no son negociables” (n° 83).
Pidamos al Señor que esta Pascua fortalezca el compromiso en nuestra vida personal y en los cristianos que ocupan cargos públicos de aceptar las consecuencias en el seguimiento de Jesús.
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