En este día, en que celebramos la encarnación del Verbo de Dios en el seno virginal de María, hacemos una decidida defensa del derecho a la vida. Hemos elegido para esta celebración una parroquia que tiene a San José como patrono. Fue justamente él quien asumió la responsabilidad de proteger la vida de la Virgen y del niño que ella estaba esperando, y que dio legitimidad al Hijo de Dios como descendiente de David. Era el hombre que estaba a la escucha de la voz de Dios y que ponía la voluntad divina por encima de sus propias pretensiones. Con él Cristo experimentó la presencia del padre en la familia y a pronunciar la palabra Abbá; nombre y experiencia que nos enseñó a trasladar a nuestra relación con el Padre en el cielo.
La Jornada tiene una actualidad pronunciada, por cuanto el niño por nacer está amenazado por el mismo gobierno nacional, cuyo ministro de salud propaga abiertamente la legalización del aborto y está distribuyendo en los nosocomios de todo el país la así llamada “píldora del día después”, que impide la anidación del óvulo recién fecundado y destruye así al niño que ya ha sido concebido. Se atenta de esta manera contra la ley fundamental del derecho a la vida. No será posible en este momento responder con todo lo que prescribe la ley natural y la ley positiva, incluida la Constitución de nuestra Nación. Pero sí, queremos recordar algunos principios básicos para comprender la gravedad de esta actitud, citando la encíclica “Evangelium Vitae”.
71. A este propósito, Juan XXIII recordó en la Encíclica Pacem in terris: « En la época moderna se considera realizado el bien común cuando se han salvado los derechos y los deberes de la persona humana. De ahí que los deberes fundamentales de los poderes públicos consisten sobre todo en reconocer, respetar, armonizar, tutelar y promover aquellos derechos, y en contribuir por consiguiente a hacer más fácil el cumplimiento de los respectivos deberes. "Tutelar el intangible campo de los derechos de la persona humana y hacer fácil el cumplimiento de sus obligaciones, tal es el deber esencial de los poderes públicos". Por esta razón, aquellos magistrados que no reconozcan los derechos del hombre o los atropellen, no sólo faltan ellos mismos a su deber, sino que carece de obligatoriedad lo que ellos prescriban ». 94
72. En continuidad con toda la tradición de la Iglesia se encuentra también la doctrina sobre la necesaria conformidad de la ley civil con la ley moral, tal y como se recoge, una vez más, en la citada encíclica de Juan XXIII: « La autoridad es postulada por el orden moral y deriva de Dios. Por lo tanto, si las leyes o preceptos de los gobernantes estuvieran en contradicción con aquel orden y, consiguientemente, en contradicción con la voluntad de Dios, no tendrían fuerza para obligar en conciencia...; más aún, en tal caso, la autoridad dejaría de ser tal y degeneraría en abuso ». 95 Esta es una clara enseñanza de santo Tomás de Aquino, que entre otras cosas escribe: « La ley humana es tal en cuanto está conforme con la recta razón y, por tanto, deriva de la ley eterna. En cambio, cuando una ley está en contraste con la razón, se la denomina ley inicua; sin embargo, en este caso deja de ser ley y se convierte más bien en un acto de violencia ». 96 Y añade: « Toda ley puesta por los hombres tiene razón de ley en cuanto deriva de la ley natural. Por el contrario, si contradice en cualquier cosa a la ley natural, entonces no será ley sino corrupción de la ley ». 97
73. Así pues, el aborto y la eutanasia son crímenes que ninguna ley humana puede pretender legitimar. Leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia. Desde los orígenes de la Iglesia , la predicación apostólica inculcó a los cristianos el deber de obedecer a las autoridades públicas legítimamente constituidas (cf. Rm 13, 1-7, 1 P 2, 13-14), pero al mismo tiempo enseñó firmemente que « hay que obedecer a Dios antes que a los hombres » (Hch 5, 29). Ya en el Antiguo Testamento, precisamente en relación a las amenazas contra la vida, encontramos un ejemplo significativo de resistencia a la orden injusta de la autoridad. Las comadronas de los hebreos se opusieron al faraón, que había ordenado matar a todo recién nacido varón. Ellas « no hicieron lo que les había mandado el rey de Egipto, sino que dejaban con vida a los niños » (Ex 1, 17). Pero es necesario señalar el motivo profundo de su comportamiento: « Las parteras temían a Dios » (ivi). Es precisamente de la obediencia a Dios —a quien sólo se debe aquel temor que es reconocimiento de su absoluta soberanía— de donde nacen la fuerza y el valor para resistir a las leyes injustas de los hombres. Es la fuerza y el valor de quien está dispuesto incluso a ir a prisión o a morir a espada, en la certeza de que « aquí se requiere la paciencia y la fe de los santos » (Ap 13, 10).
Con esta aclaración de los principios morales la Iglesia no abrimos juicio sobre personas que en algún momento de confusión han cometido el error de acudir al aborto. Lo Palabra de Dios, que hemos escuchado en este 5° Domingo de Cuaresma, por el contrario, es un mensaje alentador. Todas las lecturas hablan del pasado como algo que hay que dejar atrás y de un futuro que nos depara algo nuevo. Las cosas antiguas sirven en cuanto nos recuerdan la bondad de Dios que en el pasado sacó a su pueblo de la esclavitud en Egipto, y que nuevamente cambió su suerte cuando Israel estaba cautivo en Babilonia. “Nos parecía que soñábamos” decían con el salmo, cuando podían volver a su tierra. Y evocaban la imagen sugerente del sembrador que esparce la semilla mientras está llorando; es decir que apuesta al futuro a pesar de su sufrimiento. “Yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta?”, pregunta Dios por boca del profeta Isaías.
Esta experiencia del pueblo se concretó también en la vida personal de Pablo. El encuentro con Cristo produjo en él un cambio radical. Su pasado como fariseo observante de la ley, que lo había llevado incluso a perseguir y matar a los cristianos, lo considera como basura en comparación con el inapreciable conocimiento de Jesús, su Señor. “Olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia adelante y corro en dirección a la meta, para alcanzar el premio del llamado celestial, que Dios me ha hecho en Cristo Jesús”.
No hay ninguna situación humana que no permita comenzar de nuevo. Donde se acepta la invitación de Dios y su perdón, el pasado no nos condena. El evangelio nos revela la actitud de Jesús frente a una mujer que había sido sorprendida en adulterio. Los fariseos se la presentaban con la intención de tenderle una trampa al Señor. Si él la trataba con benevolencia y mansedumbre, lo podían acusar por no respetar la ley, según la cual había que apedrearla; y si él, por el otro lado, consentía con la aplicación de esta ley, iba a perder la simpatía del pueblo que lo admiraba. Jesús no contestó a esta disyuntiva, sino invitó a sus adversarios a hacer un examen de conciencia y preguntarse si ellos mismos estaban sin pecado. Ninguno entonces se atrevía a arrojar la primera piedra. La palabra de Jesús a la mujer adúltera: “Yo tampoco te condeno. Vete, no peques más en adelante”, está dirigida a todos los que están agobiados por el juicio de su propia conciencia y avergonzados frente a los demás. Basta dejarse mirar por el Señor y abrirle confiadamente el corazón, para que se borren las culpas y se recupere la libertad y la alegría.
El sacramento de la Reconciliación causa el milagro de la aniquilación de la culpa, y el mismo Dios habita a partir de este momento en lo profundo de la persona.
Pidamos al Señor que esta Pascua fortalezca el compromiso en nuestra vida personal y en los cristianos que ocupan cargos públicos de aceptar las consecuencias en el seguimiento de Jesús.
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