La entrada de Dios en el mundo consagró la familia como lugar fundamental donde aprendemos a convivir. El cuarto mandamiento, que dice: “honrar a padre y madre”, encontró en Nazaret, donde Jesús “vivía sujeto a ellos”, a María y José, su cumplimiento ejemplar. Los padres de Jesús, a su vez, estaban concientes de que su hijo era un don que Dios les había confiado, y que ellos como él tenían que responder a la voluntad del Padre que, con la sagrada familia, quería iniciar la recuperación de la convivencia humana. La importancia de este modelo, hoy, está a la vista en una sociedad, que se destaca cada vez más por la fragmentación y la disociación de las familias.
En una familia bien constituida descubrimos que los verdaderos valores no tienen precio y que la felicidad del hombre no está en las cosas materiales. La primera experiencia que hacemos en el hogar es, que la vida misma es un don que nadie puede reclamar como un mérito personal, sino que la hemos recibido como fruto de la entrega de nuestros padres. Normalmente, los padres no escatiman esfuerzos para que los hijos crezcan bien, y sienten que este sacrificio no disminuye su vida personal sino, por el contrario, va en su aumento. No hay otro interés de por medio que la felicidad del otro, que uno siente como felicidad propia. Somos un don el uno para el otro.
Es en la familia, donde descubrimos y aceptamos las diferencias entre nosotros como una riqueza. El respeto y el amor van juntos. Los éxitos y los fracasos del otro sentimos como propios, y juntos tratamos de superar las dificultades. La familia nos libera del egoísmo. En un ambiente, donde se pone precio a la persona por lo que tiene o lo que aporta, y que excluye al que no responde a estos parámetros, la familia es el primer y el último sostén. Si entre los familiares se pierde el sentido de esta pertenencia , la soledad puede destruir la persona. Esto vale tanto para la relación de los padres para con sus hijos, cuanto para los hijos en su relación con los padres, y también para los hermanos entre ellos. La palabra de Dios nos alarma: “El que abandona a su padre es como un blasfemo, y el que irrita a su madre es maldecido por el Señor”. Pero también nos consuela: “La ayuda prestada a un padre no caerá en el olvido y te servirá de reparación por tus pecados”.
Es en la familia también, donde aprendemos a dar gracias al dador de la vida, a Dios que es nuestro origen y nuestro fin. La oración en la familia consolida los vínculos entre sus miembros y nos preserva de la desesperación y la tristeza. Donde los hijos están acostumbrados a pedir y recibir la bendición de sus mayores, “encontrarán alegría en sus propios hijos, y cuando oren, serán escuchados”. Y cuando se presenta la despedida inexorable, causada por la muerte de nuestros seres queridos, se nos abre el horizonte de la esperanza. Porque sentimos que el amor no se destruye con la separación física, sino que se amplía más allá de la muerte, y que nos aguarda la Casa del Padre, que compartiremos con todos los que, como nosotros, han creído en su Palabra y puesto en práctica.
Pidamos a la Sagrada Familia para que en nuestros hogares se respeten estos valores.
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