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YO SOY TU DIOS Y VOY A TU ENCUENTRO
Homilía de la misa de apertura de la Misión de los Seminaristas
en el Centro de Quilmes (15/02/2009)
La presencia de los seminaristas durante esta semana en la comunidad de la iglesia Catedral responde al mandato expreso de Jesucristo, cuando hizo responsable a los apóstoles y sus futuros sucesores de la misión, que Él mismo había iniciado y para la cual los había preparado. "Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará". Así les habló antes de volver al Padre.
"Yo soy tu Dios y voy a tu encuentro": este lema expresa el propósito de la misión que nuestros seminaristas quieren hacer con su obispo en el centro de Quilmes. Lo solemos hacer todos los años en un lugar de nuestra diócesis. Esta vez no elegimos uno de los barrios tan necesitados como en los años anteriores, sino un centro urbano con sus características propias, que a primera vista no facilitan el trabajo evangelizador. Pareciera que el ambiente de la administración comunal y judicial, de las oficinas y los negocios, de los bares y los restaurantes, y hasta de los colegios fuera refractario al mensaje religioso, y que los corazones se endurecieran a medida que aumentan las construcciones de asfalto y hormigón. Pero son estos centros a los cuales obligadamente concurre la población; donde una gran parte de ella se gana la vida, y donde también siguen viviendo muchas personas, aunque se esté perdiendo la familiaridad de tiempos pasados. El fenómeno de la urbanización debe ser entendido como un desafío primordial de la evangelización; porque el mensaje debe llegar ahí donde está la gente. Es ahí donde Cristo hoy quiere ir a su encuentro y decirle: "Yo soy tu Dios". Es en medio del trajín del trabajo, del estudio, de la diversión, donde hemos de tomar conciencia de que en el afán de encontrar el modo de vivir plenamente hay uno solo que es el camino; que en la búsqueda del sentido de nuestra existencia hay uno solo que es la verdad; y que frente al desenlace inevitable de nuestra vida hay un solo salvador, que es Jesucristo.
El que ha conocido a Jesucristo, no lo puede ocultar sin hacerse culpable. Cuando las autoridades judías llamaron a los apóstoles y les prohibieron terminantemente que dijeran una sola palabra y enseñaran en el nombre de Jesús, Pedro y Juan les respondieron: "Juzguen si está bien a los ojos del Señor que les obedezcamos a ustedes antes que a Dios. Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído" (Hch 4, 18-20). Y los apóstoles seguían hablando públicamente en el nombre de Jesús. Y cuando las autoridades los detuvieron nuevamente y los azotaron y otra vez les prohibieron de hablar en el nombre de Jesús, ellos "salieron del Sanedrín, dichosos de haber sido considerados dignos de padecer por el nombre de Jesús" (Hch 5, 40-41). El mensaje cristiano es tan importante que su anuncio no debe ser claudicado, aún a riesgo de perder la vida por ello.
"Este fervor", decía el papa Pablo VI, "exige que evitemos recurrir a pretextos que parecen oponerse a la evangelización"; como por ejemplo: "¿Para qué anunciar el Evangelio, ya que todo hombre se salva por la rectitud de corazón? Por otra parte, es bien sabido que el mundo y la historia están llenos de "semilla del Verbo". ¿No es, pues, una ilusión pretender llevar el Evangelio donde ya está presente a través de esas semillas que el mismo Señor ha esparcido?" A esta objeción contesta el papa: "No sería inútil que cada cristiano y cada evangelizador examinasen en profundidad, a través de la oración, este pensamiento: los hombres podrán salvarse por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios, si nosotros no les anunciamos el evangelio; pero ¿podremos nosotros salvarnos si por negligencia, por miedo, por vergüenza - lo que San Pablo llamaba avergonzarse del Evangelio - , o por ideas falsas omitimos anunciarlo? Porque esto significaría ser infieles a la llamada de Dios que, a través de los ministros del Evangelio, quiere hacer germinar la semilla; y de nosotros depende el que esa semilla se convierta en árbol que produzca fruto" (E.N. 80).
Una comunidad que no misiona, se atrofia y pierde la vida. El discípulo que no es misionero, no ha entendido todavía al Maestro. En cambio, el que lo ha conocido siente la urgencia de darlo a conocer a los otros, para que ellos también entren en comunión con Jesús. Para ser fieles al Maestro, debemos manifestar la fe fuera del templo. Él no predicaba solamente en las sinagogas, sino recorría su país y hablaba en las calles y las plazas, en sus lugares de trabajo y en sus casas. Él iba al encuentro con el pueblo y nos dio así el ejemplo de que hemos de estar cerca de la gente. Es éste también el propósito de esta misión de los seminaristas en el centro de Quilmes. No es solamente una instancia de formación de futuros sacerdotes, sino quiere ser a la vez una aliciente para la comunidad de la Catedral en su misión ordinaria y permanente.
Como obispo soy el primer responsable de la evangelización en nuestra diócesis; de manera especial en esta comunidad que es "la casa de todos". Les pido por eso, queridos hermanos y hermanas, que caminemos juntos, de buenas ganas, en esta misión que el Señor nos ha confiado. Que la Virgen , Madre de la Iglesia , nos haga sentir la alegría de poder trabajar por el Reino de su Hijo.
Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes
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