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AMOR TRINITARIO
Homilía para la festividad de la Santísima Trinidad (30/05/2010).
Más que nunca, en esta fiesta de la Santísima Trinidad, nuestra predicación debe partir de lo que Dios nos ha comunicado de sí mismo. Es la palabra de Cristo la que nos revela el misterio del Dios único, que es Padre e Hijo y Espíritu Santo. Este misterio central de nuestra fe nos identifica y da a nuestra vida una profundidad que no encontramos en otras religiones y filosofías. Que Dios sea una unión de tres personas que se aman, y que la creación sea un reflejo de este Dios, da al hombre la oportunidad de descubrir en todo una declaración de este amor. Desde la revelación del misterio trinitario comprendemos, sobre todo, el misterio del hombre al que Dios creó según su propia imagen y semejanza, como varón y mujer, con el mandato de ser fecundos y llenar la tierra.
El amor trinitario es la impronta de toda convivencia social. "El existir con otros y vivir juntos", decíamos los obispos en el documento 'Navega mar adentro', "no es el fruto de una desgracia a la que haya que resignarse, ni un hecho accidental que se deba soportar; ni siquiera se trata de una mera estrategia para poder sobrevivir. Toda la vida en sociedad tiene para las personas un fundamento más hondo: Dios mismo. La Santísima Trinidad es fuente, modelo y fin de toda forma de comunión humana. A partir de la comunión trinitaria hemos de recrear los vínculos de toda comunidad" (NMA 65), comenzando por la familia, donde en el afecto de nuestros padres, hermanos y hermanas hacemos la primera experiencia de este Dios que es amor; siguiendo en los ámbitos vecinal, provincial, nacional e internacional. En el diálogo y en el intercambio libre de dones, animados por el amor, se construye el 'nosotros' de la comunión solidaria.
La Iglesia ha de ser protagonista de esta misión. El gran desafío consiste en hacerse ella misma "casa y escuela de comunión", al decir del inolvidable Juan Pablo II. "Esto significa, en concreto, recrear los espacios habituales para hacerlos atrayentes y aglutinantes: familias, comunidades parroquiales, instituciones educativas, comunidades de consagrados y consagradas, asociaciones, pequeñas comunidades y movimientos. El punto de partida es una actitud del corazón que es capaz de sentir al hermano en la fe en la unidad profunda del Cuerpo místico como alguien que le pertenece. Una auténtica espiritualidad de comunión nace de la Eucaristía. No es casual que el término comunión se haya convertido en uno de los nombres específicos de este sublime sacramento" (cf. NMA 83- 85).
En la celebración de Corpus Christi, el próximo sábado, tendremos la oportunidad de reafirmarlo, cuando nos reunamos como diócesis para manifestar públicamente nuestra comunión con "Jesús Eucaristía, Pan de Vida y Salvación para su Pueblo". Asimismo reafirmamos nuestra comunión también, cuando respondamos a la invitación, dentro de quince días, de contribuir generosamente a la colecta de Cáritas para que "construyamos juntos una Patria sin excluidos". Cada día pidamos a Dios que nos haga crecer en la comunión, cuando nos persignamos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes
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