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EL HUMILDE
Homilía para el vigésimo segundo Domingo del Año C (29/08/2010).
El deseo de ser considerado superior a otros, la soberbia, es lo contrario a la humildad. El ansia desmedida de destacarse de los demás, lleva a cualquier proceder y la alienación de la persona.
La humildad, en cambio, tiene que ver con la verdad y la autenticidad.
El humilde, en primer término, es conciente de que todo lo que es y tiene, es regalo. Sabe que se lo debe al Creador y a los que Él puso a su lado para darle la vida y cuidarla. La pobreza del espíritu y la gratitud son la manifestación de este reconocimiento.
El humilde, por lo mismo, descubre al otro, quien también fue creado por Dios y lo aprecia como un don, que lo enriquece y que, a su vez, necesita de su presencia y cercanía. No solamente se compadece con los dolores del otro, sino se alegra también, de corazón, con las alegrías ajenas.
El humilde tiene una preferencia por los pequeños que pueden retribuirle solamente el amor y la amistad. Se siente identificado con Jesús y su Madre, que pertenecían a los pobres de Yahvé.
La prueba de la verdadera humildad se da, cuando una persona es injustamente humillada y sabe asumir el vejamen con paciencia y sin amargura.
La humildad crece por el reconocimiento de la propia fragilidad y conduce a la veracidad consigo mismo. Dios ayuda a los que tienen el corazón contrito y quebrantado el espíritu.
El humilde busca, como Cristo, el último lugar y cree en el servicio al otro como algo que enaltece. Encuentra su felicidad en la vida en comunidad y está dispuesto a sufrir con las limitaciones ajenas, con tal que se construya la comunión.
El humilde sabe que volverá al polvo, al "humus", palabra raíz de "humilde" y "humano". No pone su confianza en los bienes terrenos, sino solamente en Dios. Esto lo hace sereno y esperanzado. El ejemplo de humildad es Jesucristo, el Hijo de Dios que no consideraba su naturaleza divina como una prerrogativa, sino se despojó de todo y se hizo semejante a los hombres en todo, menos en el pecado, y se humilló hasta la muerte, y muerte en cruz. Imitarlo a Él ha sido el cometido de todos los santos. Pidámosle que se digne servirse de nosotros y hacernos participar en su sufrimiento y su resurrección; que nosotros disminuyamos y Él crezca y sea reconocido en nuestra pequeñez.
Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes
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