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VOLVER A LA VIDA
Homilía de la Peregrinación Diocesana a Luján (12/09/2010).

La parábola del hijo pródigo la han llamado "el evangelio del evangelio", porque señala al que es el centro de la enseñanza de Jesús sobre el Reino de Dios, que es el Padre misericordioso. La gente marginada y considerada pecadora sentía la bondad de Dios en el mismo Jesús, y por eso se acercaban a él para escucharlo. Lo que la parábola nos hace entender es cuánto valor le da Dios al hombre, y también cuánta responsabilidad, por eso, nos corresponde. Somos hijos del Padre, dotados de voluntad propia, con destino a eternidad.

Lo que Jesús nos hace entender es que Dios respeta la libertad de sus hijos. El padre no niega al hijo menor que quiera hacer su camino propio, y le proporciona la herencia que le corresponde según la ley. "Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión para que así busque espontáneamente a su Creador. La dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y libre elección" (GS 17). En los últimos tiempos, cuando se discutía el llamado matrimonio igualitario, se alegó esta máxima para fundamentar una legislación que, en realidad, prescinde de la ley que está "escrita por Dios en el corazón del hombre, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por lo cual será juzgado personalmente" (GS 16). Pero aún cuando el hombre se equivoca, conciente o inconcientemente, Dios no lo coarta en su libertad; y por eso mismo no puede evitar tampoco que el hombre se dañe a sí mismo y hasta se condene. Como cristianos tenemos además la palabra que nos ilumina, y que no deja dudas sobre lo que es recto y lo que es desviado. Tanto más graves son las consecuencias para los que desoyen esta voz. Pero tanto más profundo es, por eso, también el dolor del Padre que nunca se desentiende de sus hijos.

El abandono, en que termina la búsqueda desenfrenada del hijo pródigo, es toda una imagen de lo que podemos observar también en el mundo nuestro. Los medios de comunicación, además, multiplican éstas imágenes de la miseria humana hasta el hartazgo. Quizás tengamos que sufrir primero para darnos cuenta del vacío, que produce la satisfacción desalmada de los instintos primarios; y para que así se despierte el anhelo de volver a la casa del Padre. Venir a la casa de la Madre aquí en Luján es siempre también, volver a la casa del Padre. Alguien que reconoce que no es digno de llamarse hijo o hija suyo, en el santuario puede sentir nuevamente el abrazo del que siempre nos espera, especialmente en la confesión. Es volver a la vida. Y los que nos hemos quedado en la casa del Padre, debemos compartir sus sentimientos. Dios es amor y no puede no amar.

El marco, en el cual Jesús contó la historia del hijo pródigo, o mejor del Padre misericordioso, fue una comida en la casa de un publicano. El Señor se dejaba invitar o se invitaba a las casas de la gente, sin hacer distinción. Los encuentros festivos mismos son un signo del Reino. Por eso, compartamos, queridos hermanos y hermanas, la mesa; hoy juntos, todas las comunidades de nuestra diócesis. Son el Señor y su Madre que nos invitan.

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes

     
     
     
     
     
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