Primer Encuentro de preparación al TERCER SÍNODO DIOCESANO

16 Y 17 de marzo de 2019
Casa de Encuentros “Santo Cura Brochero”, Bosques – Florencio Varela

Agradezco la participación de todos en este Encuentro de preparación al Tercer Sínodo Diocesano. A los que vienen trabajando desde el año pasado, y a la Comisión pre-sinodal ya constituida. A todos los que han hecho posible este Encuentro con su aporte de tiempo, trabajo, donaciones y servicios. ¡Gracias!

¿QUÉ ES UN SÍNODO?

La palabra SINODO, significa “caminar juntos”. El Sínodo Diocesano es una asamblea de la Iglesia convocada por el Obispo para discernir, a la luz de la Palabra de Dios, escuchando al Espíritu Santo lo que Dios quiere de nuestra Iglesia de Quilmes hoy.

Dice el Papa Francisco: “Caminar juntos es el camino constitutivo de la Iglesia; la figura que nos permite interpretar la realidad con los ojos y el corazón de Dios; la condición para seguir al Señor Jesús y ser siervos de la vida en este tiempo herido. Respiración y paso sinodal revelan lo que somos y el dinamismo de comunión que anima nuestras decisiones. Sólo en este horizonte podemos renovar realmente nuestra pastoral y adecuarla a la misión de la Iglesia en el mundo de hoy; solo así podemos afrontar la complejidad de este tiempo, agradecidos por el recorrido realizado y decididos a continuarlo con parresía” (Francisco. Discurso de apertura de los trabajos de la 70ª Asamblea general de la Conferencia Episcopal Italiana, 22 de mayo de 2017)

“La parresía en el Espíritu que se pide al Pueblo de Dios en el camino sinodal es la confianza, la franqueza y el valor ´para entrar en la amplitud del horizonte de Dios´ para ´asegurar que en el mundo de hoy hay un sacramento de unidad y por ello la humanidad no está destinada al extravío y al desconcierto´. La experiencia vivida y perseverante de la sinodalidad es para el Pueblo de Dios fuente de la alegría prometida por Jesús, fermento de vida nueva, pista de lanzamiento para una nueva fase de compromiso misionero” (Francisco. Discurso a la Congregación para los Obispos, 27 de febrero de 2014)

El SINODO DIOCESANO representa el “vértice de las estructuras de participación de la Diócesis” (CIC can. 460-468), ocupando en éstas “un puesto de primer relieve” (Congregación para los Obispos. Directorio Apostolorum Successores-2004- n. 166)

El Sínodo diocesano renueva y profundiza la conciencia de corresponsabilidad eclesial del Pueblo de Dios y es llamado a delinear en concreto la participación de todos sus miembros en la misión según la lógica de “todos”, “algunos” y “uno”.

La participación de “todos” se activa a través de la consulta en el proceso de preparación del Sínodo, con el fin de reunir todas las voces que son expresión del Pueblo de Dios en la Iglesia particular.

Los participantes en los Sínodos, por elección o por nombramiento episcopal, son los llamados “algunos”, a quienes se les confía la tarea de celebrar el Sínodo Diocesano. Es esencial que en su conjunto, los sinodales ofrezcan una imagen significativa y equilibrada de la Iglesia particular, reflejando la diversidad de vocaciones, de ministerios, de carismas, de competencias, de extracción social y de proveniencia geográfica.

El Obispo, sucesor de los Apóstoles y pastor de su rebaño, que convoca y preside el Sínodo de la Iglesia particular, está llamado a ejercer el ministerio de la unidad y de la guía con la autoridad que le es propia. (“uno”)

Se trata de CAMINAR CON JESÚS Y CON LOS HERMANOS

El ícono del encuentro del Resucitado con los discípulos de Emaús (Lc. 24, 13-35)

Jesús camina con los dos discípulos que no han comprendido el sentido de lo sucedido y se están alejando de Jerusalén y de la comunidad. Para estar en su compañía, recorre el camino con ellos. Los interroga y se dispone a una paciente escucha de su versión de los hechos para ayudarles a reconocer lo que están viviendo. Después, con afecto y energía, les anuncia la Palabra, guiándolos a interpretar a la luz de las Escrituras los acontecimientos que han vivido. Acepta la invitación a quedarse con ellos al atardecer: entra en su noche. En la escucha, su corazón se reconforta y su mente se ilumina, al partir el pan se abren sus ojos. Ellos mismos eligen emprender sin demora el camino en dirección opuesta, para volver a la comunidad y compartir la experiencia del encuentro con Jesús resucitado. (Cfr. Documento Final del Sínodo de los Obispos sobre “Los jóvenes: la fe y el discernimiento vocacional”. Proemio)

¿POR QUÉ UN SÍNODO?

Porque la Iglesia de Quilmes se gestó sinodalmente

La Iglesia de Quilmes nació en la época postconciliar. Habían transcurrido más de diez años de la Clausura del Concilio Vaticano II.

El Papa Pablo VI al inaugurar la última sesión del Concilio, el 15 de septiembre de 1965 creó, con el Motu proprio Apostolica sollicitudo, el Sínodo de Obispos con la misión de ayudar al sumo pontífice a realizar su tarea de gobierno en la Iglesia universal.

Desde que inició su ministerio episcopal estuvo presente en la mentalidad del Padre Obispo Jorge Novak la enseñanza del Concilio. El mismo cuenta cómo la Iglesia, animada por el Espíritu Santo, “vió con mayor nitidez la prioridad permanente de su servicio a la Palabra de Dios. De ahí brotaron, a raudales, impulsos cada vez más fecundos tratando de abarcar el vasto ámbito en que este mensaje se despliega. Maduró el movimiento catequístico, se intensificó el movimiento bíblico y volvió a motivarse el movimiento evangelizador de los pueblos a escala del mundo”  (Cfr. El libro del Primer Sínodo de Quilmes. Pg. 13)

Novak estaba convencido de la novedad y la bondad del proyecto, tal como lo recomendaba el Concilio: “Desea este santo Concilio ecuménico que la venerable institución de los Sínodos y Concilios cobre nuevo vigor, a fin de que en las diversas Iglesias, de acuerdo con las circunstancias de los tiempos, se provea de la manera más apta y eficaz al aumento de la fe” (Christus Dominus, 36)

Novak decía que el Sínodo es un proyecto empeñativo: “…en el ministerio episcopal los asuntos principales son el Sínodo diocesano y la Visita pastoral. Para preparar, organizar y realizar estos dos asuntos de su ministerio debe el Obispo dedicar un esfuerzo inmenso, empleando los métodos que requieren los nuevos problemas de la Iglesia en este tiempo” (Manual de los Obispos, 162)

Es así cómo, apenas llegado a Quilmes, los sacerdotes que hasta entonces habían pertenecido a la diócesis de Avellaneda, le preguntaron a Novak si iba a respetar las líneas pastorales trazadas en un documento diocesano conocido como “Bernal 69”. El respondió: “Sin duda, porque no es prudente innovar inconsultamente, y dejaré las cosas hasta la celebración del Sínodo diocesano”. Él mismo comenta que entonces no tenía ni fecha ni programación del mismo, pero sí lo tenía en mente como algo que debía realizar.

Ese documento “Bernal 69” era una condensación de las enseñanzas conciliares, adaptadas a la realidad latinoamericana en los documentos finales de Medellín de 1968, que luego, la Conferencia Episcopal Argentina, adaptaron a las circunstancias de nuestro país en el conocido documento de San Miguel de 1969.

En 1976, al crearse la diócesis, palpitaba en el corazón de Novak y de toda la Iglesia las preciosas enseñanzas de Pablo VI en su Exhortación Apostólica “Evangelii Nuntiandi”, como don valiosísimo del Año Santo 1975 y del 3er. Sínodo de los Obispos sobre el tema de la Evangelización. Es así que en ese contexto resuenan con mayor fuerza las palabras iniciales de la primera homilía episcopal de Novak: “Ay de mí si no predico el Evangelio” (1 Cor. 9, 16)

Así es como, luego de ciertos preparativos con algunos laicos, religiosas y sacerdotes, en la Navidad de 1979, anuncia la realización del Primer Sínodo de Quilmes. La Iglesia latinoamericana se venía preparando para la realización de la tercera Conferencia general del Episcopado en Puebla, México.

Dice el Padre Obispo, “Si Navidad, que en su primera celebración hizo vibrar al mundo el pregón de la Buena Noticia, nos había parecido ambiente espiritual indicado para anunciar el Sínodo, la fiesta de Pentecostés se prestaba para proclamar la convocatoria formal del acontecimiento”. El corazón de Novak vibraba al son del Espírtu Santo, a quien confiaba su vida entera: “Ven Espíritu Santo” era su lema episcopal. 

Él dice: “… nuestra mirada se vuelve con insistencia al Espíritu Santo, que anima y renueva las comunidades. El que pueda entender,  que entienda lo que el Espíritu dice a las iglesias” (Ap. 2, 7. 11. 17. 29; 3, 6. 13. 22).

“Queremos ser dóciles a esta fuerza y a este amor. Por eso, impulsados por Él buscamos la comunión, deseamos ser servidores del hombre, enviados al mundo para transformarlo con los dones de Dios. Y pensando en nuestras tareas y pastorales, deseamos poseer la creatividad del Espíritu, su dinamismo para hacer del hombre latinoamericano un hombre nuevo, a imagen de Cristo resucitado, portador de la nueva esperanza para sus hermanos” (Cfr. DP 1294-1296)

Porque queremos seguir andando sinodalmente 

Habiendo cumplido ya siete años de mi ministerio episcopal entre ustedes, hermanos y hermanas, he convocado al Tercer Sínodo Diocesano. Es una inspiración que fui madurando en el corazón junto al Señor, ayudado por el sentir y parecer de mis hermanos sacerdotes desde hace dos años.

Lo vivido con ustedes en el Año de la Fe, lo que despertó en nosotros el pontificado del Papa Francisco, los tres años de celebración del 40ª Aniversario de la Diócesis, la vivencia del Año de la Misericordia, y últimamente mi participación en el Sínodo de los Obispos, me confirmó en esta determinación. Necesitamos renovar en nosotros lo bello que es CAMINAR JUNTOS, en este hoy de la vida de nuestro pueblo. Es preciso continuar con la praxis iniciada por el Padre Obispo Jorge Novak. La Iglesia de Quilmes se gestó sinodalmente. Queremos ser fieles a ese “ADN” de la Iglesia de Jesús.

El Primer Sínodo Diocesano fue sobre la Palabra de Dios. Sus sesiones se realizaron en 1981, 1982 y 1983.

El Segundo Sínodo Diocesano fue sobre la Familia. Familia evangelizada, familia evangelizadora. Años 1993 y 1994.

Como hemos dicho, el Sínodo está en los inicios del camino pastoral de la diócesis. El tercero, anunciado por Novak, no llegó a realizarse. Se hicieron Asambleas diocesanas durante el episcopado del P. Obispo Stöckler. Pero vemos que es necesario realizarlo, puesto que nos encontramos en un tiempo providencial.

Al modo como la Exhortación Apostólica “Evangelli Nuntiandi” del Papa Pablo VI, hizo crecer en Novak el entusiasmo para realizar el primer Sínodo y lo guió con su enseñanza, para nosotros hoy, la Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium” del Papa Francisco, como él mismo lo expresa, debe ser programática para la vida de la Iglesia.

Porque la memoria de Novak es tan importante para la Iglesia de Quilmes, elegimos para anunciar la realización del Tercer Sínodo Diocesano, la conmemoración del 17° Aniversario de su pascua. Nos pareció que el Sínodo deberá iniciar sus sesiones en el año 2021:

45° Aniversario de la creación de la Diócesis de Quilmes

45° Aniversario de la ordenación e inicio del ministerio episcopal del P. Obispo Jorge Novak

20° Aniversario de su pascua

40° Aniversario del Primer Sínodo Diocesano de Quilmes.

Será un modo de caminar mirando el horizonte de los 50 años de la Diócesis…

¿PARA QUÉ EL SÍNODO?

Iniciamos este camino ya a los umbrales de la BEATIFICACIÓN DE MONS. ENRIQUE ANGELELLI y sus compañeros mártires riojanos. Primeros frutos maduros del Concilio Vaticano II en la Iglesia Argentina. Angelelli tiene esa bella expresión: “un oído en el pueblo y otro en el Evangelio”.

El Sínodo es para ESCUCHAR, DIALOGAR Y DISCERNIR las necesidades del Pueblo de Dios, y juntos encontrar el modo de responder desde la fe.

El Sínodo es para renovar la vida de la Iglesia diocesana, fortalecer la fe, animar la esperanza y avivar la caridad.

El Sínodo es para encontrar los caminos para anunciar el Evangelio a los hombres y mujeres de hoy.

De allí el TEMA DEL TERCER SÍNODO: LA EVANGELIZACIÓN

 

El Tercer Sínodo es para responder a la invitación del Papa Francisco a una nueva etapa evangelizadora.

Dice Francisco: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría. En esta Exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años” EG 1

Nos invita a una “Alegría que se renueva y se comunicay a “La dulce y confortadora alegría de evangelizar(EG 2-13)

El Sínodo es para renovar la vivencia de los cuatro cauces de la vida pastoral de nuestra Iglesia particular: la opción preferencial por los pobres, la misión, la defensa de los derechos humanos y el ecumenismo.

El Sínodo es para reconocer a Jesús que camina con nosotros y seguirlo. Convertirnos a ÉL y seguirlo. Del ENCUENTRO CON JESÚS NACE la verdadera transformación misionera de la Iglesia. Como les pasó a los discípulos de Emaús.

Jesús es hoy el Resucitado que está vivo en medio de nosotros inspirando nuestras vidas. Por una parte, acercándonos a Jesús, narrado por los evangelios, vamos conociendo las grandes actitudes que vivió en Galilea y que hemos de interiorizar siempre sus seguidores. Por otra, escuchando lo que el Espíritu del Resucitado dice hoy a las Iglesias, vamos buscando de manera creativa cómo reproducir ese estilo de vida de Jesús en contextos siempre nuevos. Seguir a Jesús significa dar pasos concretos: ponernos en camino, convertirnos a Jesucristo, identificarnos cada vez más con Él… El que se detiene o se instala en su propia vida se va quedando lejos de Jesús. Según Pablo, el que cree en Jesucristo “se va renovando día a día” (2 Cor. 4, 16).

Hoy, al comenzar esta jornada, hemos hecho memoria de los Mártires Riojanos, de tantas hermanas y hermanos testigos de la fe en nuestras comunidades… Todos ellos han seguido a Jesús; eran diferentes personalidades; cada uno acentuó diferentes aspectos de la vida de Jesús. Sin embargo, hay rasgos que no pueden faltar en un seguidor fiel que camina tras sus pasos.

En primer lugar, Jesús es para sus seguidores el camino concreto que nos lleva al Padre. Nadie ha visto a Dios. El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre y que se ha encarnado en Jesús, es quien “nos lo ha contado” (Jn. 1, 18). Esta es nuestra fe: Dios no es una palabra vacía, una idea abstracta, una definición admirable; para nosotros, Jesús es el “Rostro humano de Dios”. Viendo a Jesús, vemos al Padre. Conociéndole a él vamos conociendo cómo se preocupa de nosotros, cómo nos busca cuando andamos perdidos, cómo nos recibe cuando nos sentimos desvalidos, cómo nos perdona y nos levanta cuando estamos caídos, cómo nos alienta y sostiene cuando nos ve pequeños y frágiles.

En segundo lugar, Jesús enseña a quienes lo siguen a ser hijos e hijas de Dios, viviendo dos actitudes fundamentales. Primero, la confianza plena. La vida entera de Jesús transpira una confianza total en su Padre. Se entrega a Él sin cálculos, sin recelos. Por eso le apena la “poca fe” de sus discípulos. Segundo, esa confianza en el Padre le hace vivir en una actitud de docilidad incondicional. Para Jesús, lo primero es buscar y hacer la voluntad del Padre de manera creativa, libre y audaz. Nadie lo apartará de ese camino. Así vivirán también sus seguidores, como Angelelli, Brochero, Mama Antula, Francisco de Asís, tantas y tantos testigos de la fe, seguidores de Jesús.

Jesús establece una conexión entre el amor a Dios y el amor al prójimo. Son inseparables. No es posible amar al Padre y desentenderse del hermano. Lo que va contra el ser humano, va contra Dios. En las primeras comunidades cristianas se recordaba ese modo particular de amar, propio de Jesús. “Este es mi mandato: que se amen unos a otros como yo los he amado” (Jn. 15, 12) Por eso, los seguidores de Jesús se esfuerzan en amar a su estilo: ofreciendo el perdón a quienes nos han ofendido, practicando compasión solidaria con los más necesitados, dando prioridad a los más pobres y sufrientes.

Por último, seguir a Jesús es vivir al servicio del proyecto del Reino de Dios inaugurado por Él. Los evangelios lo expresan de distintas maneras: han de sentirse enviado por Él como Él es enviado por el Padre (Jn. 20, 21); han de ser en todas partes “Testigos de Jesús” (Lucas. Hch. 1,8); han de “hacer discípulos de Jesús” bautizando y enseñando a la gente a vivir como Él (Mt. 28, 19-20) La evangelización obedece al mandato misionero de Jesús. Es la invitación a ser una Iglesia en salida.

Dice el papa Francisco: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo” EG 27

Cada Iglesia particular, porción de la Iglesia católica bajo la guía de su obispo, también está llamada a la conversión misionera. Ella es el sujeto primario de la evangelización” EG 30

“En orden a que este impulso misionero sea cada vez más intenso, generoso y fecundo, exhorto también a cada Iglesia particular a entrar en un proceso decidido de discernimiento, purificación y reformaEG 30

El Sínodo es para que juntos encarnemos el Magisterio del Papa Francisco en esta porción del Pueblo de Dios que peregrina en Quilmes.

El Sínodo es para que cada uno aprecie y guste su misión:

El obispo siempre debe fomentar la comunión misionera en su Iglesia diocesana siguiendo el ideal de las primeras comunidades cristianas, donde los creyentes tenían un solo corazón y una sola alma (cf. Hch 4,32). Para eso, a veces estará delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo, otras veces estará simplemente en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados y, sobre todo, porque el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos. En su misión de fomentar una comunión dinámica, abierta y misionera, tendrá que alentar y procurar la maduración de los mecanismos de participación que propone el Código de Derecho Canónico y otras formas de diálogo pastoral, con el deseo de escuchar a todos y no sólo a algunos que le acaricien los oídos. Pero el objetivo de estos procesos participativos no será principalmente la organización eclesial, sino el sueño misionero de llegar a todos” (EG 31)

Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades” (EG 33) 

“Lo importante es no caminar solos, contar siempre con los hermanos y especialmente con la guía de los obispos, en un sabio y realista discernimiento pastoral” (EG 33)

EL ESPÍRITU QUE NOS ANIMA

Evangelizadores con Espíritu  quiere decir evangelizadores que se abren sin temor a la acción del Espíritu Santo.

El corazón de Novak vibraba al son del Espíritu Santo, a quien confiaba su vida entera: “Ven Espíritu Santo” era su lema episcopal.  En todo su accionar pastoral manifestaba esa confianza en el Espíritu Santo y estaba atento a sus insinuaciones. Fue un instrumento del Espíritu, para dejarse guiar por Él y dócil a su actuar, dejar que el Espíritu creara día a día la Iglesia nacida del Corazón de Jesús. Una Iglesia pobre y servicial, orante y fraterna, que hace la comunión. Él dice: “… nuestra mirada se vuelve con insistencia al Espíritu Santo, que anima y renueva las comunidades. El que pueda entender,  que entienda lo que el Espíritu dice a las iglesias” (Ap. 2, 7. 11. 17. 29; 3, 6. 13. 22). Como Consolador esperamos nos dé el aliento necesario para afrontar todos los trabajos que supone un Sínodo. Como Maestro de las Escrituras confiadamente le pedimos nos muestre el camino de un servicio más generoso al mensaje de salvación que administramos.

La vocación del cristiano es seguir a Cristo pasando por las aguas del Bautismo, recibiendo el sello de la Confirmación y convirtiéndose con la Eucaristía en parte de su cuerpo: «Viene el Espíritu Santo, el fuego después del agua y vosotros os convertís en pan, es decir en Cuerpo de Cristo» (S. Agustín, Sermón 227). Todo camino vocacional tiene al Espíritu Santo como protagonista: Él es el “maestro interior” por el que dejarse guiar.

La primera condición para el discernimiento en el Espíritu es una auténtica experiencia de fe en Cristo muerto y resucitado, recordando que esta luz «no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una lámpara, guía nuestros pasos en la noche, y esto basta para caminar» (Francisco, Lumen fidei, 57). En las comunidades cristianas a veces corremos el riesgo de proponer, más allá de las intenciones, un teísmo ético y terapéutico, que responde a la necesidad de seguridad y de consuelo del ser humano, en lugar de un encuentro vivo con Dios a la luz del Evangelio y con la fuerza del Espíritu. Si es verdad que la vida renace solamente mediante la vida, está claro que cualquier persona, especialmente los jóvenes necesitan encontrar comunidades cristianas realmente arraigadas en la amistad con Cristo, que nos lleva al Padre en la comunión del Espíritu Santo.

Dice Francisco:

“¡Cómo quisiera encontrar las palabras para alentar una etapa evangelizadora más fervorosa, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin y de vida contagiosa! Pero sé que ninguna motivación será suficiente si no arde en los corazones el fuego del Espíritu. En definitiva, una evangelización con espíritu es una evangelización con Espíritu Santo, ya que Él es el alma de la Iglesia evangelizadora. Antes de proponeros algunas motivaciones y sugerencias espirituales, invoco una vez más al Espíritu Santo; le ruego que venga a renovar, a sacudir, a impulsar a la Iglesia en una audaz salida fuera de sí para evangelizar a todos los pueblos” EG 261

“Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que oran y trabajan. Desde el punto de vista de la evangelización, no sirven ni las propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón”. EG 262

Los beatos que hemos rememorado, la vida de Brochero y de tantas personas recordadas hoy, nos señalan un camino, una forma de ser en el mundo que nos invitan a detenernos para considerar algunas motivaciones que nos ayudan a imitarlos del algún modo.

El encuentro personal con el amor de Jesús que nos salva.

La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre más. Si no sentimos el intenso deseo de comunicarlo, necesitamos detenernos en oración para pedirle a Él que vuelva a cautivarnos. Nos hace falta clamar cada día, pedir su gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial.

Toda la vida de Jesús, su forma de tratar a los pobres, sus gestos, su coherencia, su generosidad cotidiana y sencilla, y finalmente su entrega total, todo es precioso y le habla a la propia vida.

No se puede perseverar en una evangelización fervorosa si uno no sigue convencido, por experiencia propia, de que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo.

Por eso evangelizamos. El verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera.

El gusto espiritual de ser pueblo

Para ser evangelizadores de alma también hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior. La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo.

Jesús mismo es el modelo de esta opción evangelizadora que nos introduce en el corazón del pueblo. ¡Qué bien nos hace mirarlo cercano a todos!

A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente y vivimos la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo.

El amor a la gente es una fuerza espiritual que facilita el encuentro pleno con Dios hasta el punto de que quien no ama al hermano «camina en las tinieblas» (1 Jn 2,11), «permanece en la muerte» (1 Jn 3,14) y «no ha conocido a Dios» (1 Jn 4,8)

La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo.

La acción misteriosa del Resucitado y de su Espíritu

Jesucristo verdaderamente vive. De otro modo, «si Cristo no resucitó, nuestra predicación está vacía» (1 Co 15,14). El Evangelio nos relata que cuando los primeros discípulos salieron a predicar, «el Señor colaboraba con ellos y confirmaba la Palabra» (Mc 16,20). Eso también sucede hoy. Se nos invita a descubrirlo, a vivirlo. Cristo resucitado y glorioso es la fuente profunda de nuestra esperanza, y no nos faltará su ayuda para cumplir la misión que nos encomienda.

La fe es también creerle a Él, creer que es verdad que nos ama, que vive, que es capaz de intervenir misteriosamente, que no nos abandona, que saca bien del mal con su poder y con su infinita creatividad. Es creer que Él marcha victorioso en la historia «en unión con los suyos, los llamados, los elegidos y los fieles» (Ap 17,14)

El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere; nosotros nos entregamos pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria. Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca.

La fuerza misionera de la intercesión 

Hay una forma de oración que nos estimula particularmente a la entrega evangelizadora y nos motiva a buscar el bien de los demás: es la intercesión. Miremos por un momento el interior de un gran evangelizador como san Pablo, para percibir cómo era su oración. Esa oración estaba llena de seres humanos: «En todas mis oraciones siempre pido con alegría por todos vosotros [...] porque os llevo dentro de mi corazón» (Flp 1,4.7)

Esta actitud se convierte también en agradecimiento a Dios por los demás: «Ante todo, doy gracias a mi Dios por medio de Jesucristo por todos vosotros» (Rm 1,8).

Los grandes hombres y mujeres de Dios fueron grandes intercesores.

Podemos decir que el corazón de Dios se conmueve por la intercesión, pero en realidad Él siempre nos gana de mano, y lo que posibilitamos con nuestra intercesión es que su poder, su amor y su lealtad se manifiesten con mayor nitidez en el pueblo.


LA VIRGEN NOS MARCA EL CAMINO

Al iniciar el camino sinodal, además de “tener fijos los ojos en Jesús” (Hb. 12,2), queremos contemplar a MARÍA con la luz que derrama la Evangelii Gaudium. María es la estrella que nos guía en el camino. Francisco nos invita a aprender de su estilo evangelizador, marcado por la humildad y la ternura.

“Hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia. Porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes” EG 288

La Virgen es el regalo que Jesús deja a su pueblo antes de morir. NO podemos separar a Cristo de María. Él mismo nos lleva hacia ella para que nos cuide con su amor de madre. 

“En la cruz, cuando Cristo sufría en su carne el dramático encuentro entre el pecado del mundo y la misericordia divina, pudo ver a sus pies la consoladora presencia de la Madre y del amigo. En ese crucial instante, antes de dar por consumada la obra que el Padre le había encargado, Jesús le dijo a María: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego le dijo al amigo amado: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,26-27) (…) Jesús nos dejaba a su madre como madre nuestra. Sólo después de hacer esto Jesús pudo sentir que «todo está cumplido» (Jn 19,28). Al pie de la cruz, en la hora suprema de la nueva creación, Cristo nos lleva a María. Él nos lleva a ella, porque no quiere que caminemos sin una madre, y el pueblo lee en esa imagen materna todos los misterios del Evangelio” EG 285

MARÍA es la presencia materna indispensable en la vida de nuestro pueblo.

“María es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura. Ella es la esclavita del Padre que se estremece en la alabanza. Ella es la amiga siempre atenta para que no falte el vino en nuestras vidas. Ella es la del corazón abierto por la espada, que comprende todas las penas. Como madre de todos, es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia. Ella es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a la fe con su cariño materno” EG 286

Los Santuarios, la Carpa Misionera, son lugares privilegiados de esta presencia maternal de María. Allí, ella engendra nuevos hijos para Dios por el Bautismo y los reúne como pueblo.

EL SUEÑO DE FRANCISCO ES NUESTRO SUEÑO

“Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo” (EG 27) La pastoral que quiere Francisco está muy bien expresada en su enseñanza y en sus gestos. LA MISIÓN. Es como que nos toma del brazo diciendo: “¡A SALIR! ¡ASÍ NO PODEMOS SEGUIR! Basta de cuidarse y mirarse tanto… Estén donde está la gente, sentarse con los pobres, ser una “oreja caminante” para creyentes y ateos, para católicos y no católicos, para cuidar (pastorear) al hombre y a la mujer de hoy, y no tanto la ley y la institución.. ¡el sábado para el hombre y no al revés..!”

PERO  este sueño convive con un temor. Dice Francisco: “Temo que también estas palabras sólo sean objeto de algunos comentarios sin una verdadera incidencia práctica” (EG 201)

Es realista el Papa, más allá de lo que quiere o sueña. Sabe que la Iglesia “humanamente” es pecadora, que en su institución se han cristalizado estructuras antievangélicas que se van a resistir a desaparecer. Cuenta con la indiferencia, el silencio, el “ninguneo” de algunos sectores que quieren que nada cambie. Francisco conoce bien la historia reciente. Grandes documentos se nos ofrecieron cuyas instituciones más ricas aún esperan ser transformadoras de la historia: el Concilio, Puebla, Novo millennio Ineunte, Aparecida, etc. Incluso grandes propuestas que, a pesar de algunos logros, no produjeron la conversión pastoral que la Iglesia necesita para transparentar el mensaje de Cristo: la Civilización del Amor, el V Centenario de la Evangelización, la Nueva Evangelización, la Misión Continental..

A nosotros, protagonistas de este tiempo, no puede dejar de aguijonearnos la pregunta: ¿pasará lo  mismo con la reforma misionera con la que sueña Francisco?  (P. Enrique “Quique” Bianchi. El sueño de Francisco. Paulinas)

El caminar de estos años nos fue haciendo conocer la vida y la obra misionera de un “pastor con olor a ovejas” que transformó las vidas de sus feligreses con la fuerza de la alegría del Evangelio: el Santo Cura Brochero. He releído en estos días las palabras que pronuncié al iniciar mi camino episcopal en Quilmes, el 17 de diciembre de 2011; terminaba diciéndoles: “Ya estoy entre ustedes. Como hombre de la provincia de Córdoba, vengo llegando al paso de la mula “malacara” del Cura Brochero… Pido al Señor, que nada me detenga en el servicio a los hermanos, a ejemplo de este hombre de Dios y de su Pueblo: verdadero modelo de pastor en la Argentina”. Hoy, a siete años de caminar juntos, quiero decirles que junto con nosotros “Brochero va…”; que como decía el Beato Angelelli “hay que seguir andando nomás…”. Y si alguna vez nos cansamos y la carga se hace pesada, subámonos con Brochero a su mula “Malacara”, que bien sabe senderos escabrosos, de laderas, de quebradas y de altas cumbres.

Le pedimos a MARÍA INMACULADA, nuestra patrona, “MI PURÍSIMA” como la llamaba Brochero, para que esta invitación a CAMINAR JUNTOS sea acogida por toda nuestra Diócesis de Quilmes.