HOMILÍA EN LA “JORNADA DE MARÍA” 
Capilla del Obispado de Quilmes
Domingo 15 de agosto de 2021
Queridas hermanas y hermanos,
querido P. Ricardo y querida Mercedes:

Cada año, la solemnidad de la Asunción de la Virgen María, nos une en torno a la mesa de la Eucaristía para dar gracias a Dios por aquella que dijo “Sí” a la Palabra de Dios. También para dar gracias porque en el Movimiento de la Palabra de Dios el Espíritu Santo nos ha regalado la experiencia del Señor Resucitado en nuestras vidas.

El evangelio nos lleva a la intimidad del corazón de la joven de Nazareth desposada con José, el carpintero. Después de haber aceptado la propuesta manifestada por el ángel Gabriel, ella no quedó mirándose a sí misma, como acariciando su extraordinario privilegio. Ella se pone en camino para visitar a su prima Isabel.

“Fue sin demora”, dice el evangelio. Con urgencia quiere contemplar el gran signo dado por el ángel: “también tu prima Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez”. Es la urgencia de una joven con ganas de servir a una mujer que, entrada en años, está transitando el sexto mes de embarazo, y seguramente el parto no será fácil. El misterioso Hijo que va creciendo en sus entrañas virginales no está ajeno en esto de “ser samaritana”. Ella no sólo se ha proclamado “servidora del Señor”, sino que con todas las letras quiere ser servidora de toda persona humana.

Lucas, evangelista muy delicado y forjado en el arte de enseñar, nos quiere presentar a María como la educadora en la fe, en la humildad, en el servicio pronto y adecuado, en la disponibilidad y la generosidad.

El camino de María de Nazareth hacia las montañas de Judá contado por Lucas, va como repitiendo detalles del traslado del Arca de la Antigua Alianza a la ciudad de Jerusalén. En ella estaban las tablas de la Ley de Moisés. Ahora, en María embarazada, la Nueva Arca, está contenido Jesús, el que va a sellar con su sangre la nueva y eterna Alianza. Por eso la invocamos a María como Arca de la Nueva Alianza.

Es bellísimo el relato del encuentro de las dos primas. Todo es alegría, cantos, gritos de emoción. Encuentro de una estéril y de una virgen. Las dos embarazadas; las dos madres “porque no hay nada imposible para Dios”. Todo parece callar alrededor. Un testigo mudo, Zacarías, va rumiando las misericordias de Dios. Sólo se escuchan los diálogos de Isabel y de María, y un niño seismesino que salta de alegría en la panza de su madre ante una presencia misteriosa. Aquí no hay reyes ni príncipes, poderosos o grandes señores. Sólo dos humildes mujeres y dos niños que se gestan en sus vientres, y son los que cambiarán la historia de la humanidad.

“Llena del Espíritu Santo” Isabel profetiza; es la Antigua Alianza que reconoce en María la aurora de la Nueva Alianza. Es la bendición de Dios a la humanidad. No sólo saluda a María porque trae una nueva vida, sino porque lleva al autor de la vida, Jesús. El saludo de Isabel quedará integrado en la oración de la comunidad cristiana atravesando los tiempos: “¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”

Isabel está asombrada por semejante visita: “¿Quién soy yo para que la Madre de mi Señor venga a visitarme?”. El mismo Espíritu la mueve a proclamar a María “madre de mi Señor”. Jesús es reconocido como Señor en esta profunda y primera confesión mesiánica.

Es su prima la que destinará a María la primera bienaventuranza: “Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor”. La esposa del sacerdote Zacarías, mudo por no haber creído, es la encargada de elogiar a María por ser mujer de fe.

El evangelista Lucas nos regala esta juvenil y bellísima imagen de la Virgen cantando llena de alegría, en presencia de su prima. Ella se hace voz de toda la humanidad que estalla en alegría ante la presencia de la salvación: “Todo mi ser proclama que Dios es grande”. Canta con todas sus fuerzas porque “miró con bondad la pequeñez de su servidora”. Nos revela cómo obra Dios. Elige a los pequeños, a los débiles, para confundir a los poderosos. Desde esa mirada de Dios, María empieza a ver un mundo deformado; no es el mundo que Dios soñó. María descubre un mundo donde hay soberbios, poderosos, ricos; y del otro lado, humildes y hambrientos. Dios no creó así al mundo. Dios quiere otro mundo. Para eso elige a María, “la pequeña servidora” para ser madre de su Hijo. El hará la nueva Alianza. En Jesús, Dios comienza la nueva humanidad, según su proyecto misericordioso, una humanidad justa, fraterna, solidaria, digna y feliz.

La pandemia ha sacado a la luz la gran desigualdad de la humanidad. Con toda su crudeza afloraron a la vez las grandezas y las miserias del ser humano. La Asunción de María al cielo, no nos aleja de la tierra, de este doloroso “hoy” que vivimos. Más bien, contemplando la grandeza de nuestro destino, nos hace fuertes para hacer este mundo más habitable, más justo y fraterno.

Nos unimos a las familias y a las comunidades del Movimiento que transitan el camino del duelo. Hay hermanas y hermanos que han fallecido. Hacemos memoria agradecida de cada una, de cada uno de ellos. Que Dios fortalezca a las comunidades y a las familias visitadas por tan profundo dolor. Estamos cerca con nuestra oración de los que están enfermos, de los que los atienden y sirven. También acompañamos y animamos con nuestra plegaria a aquellas personas que han perdido el trabajo, o que muy penosamente pueden mantener la economía de sus familias. Que la solidaridad y la fraternidad sea el camino que nos sostenga y nos ayude a salir adelante.

Pedimos por el Movimiento de la Palabra. Siempre buscamos discernir la voluntad del Señor, pero hoy, más que nunca, es preciso despojarnos de toda mezquindad, animosidad, de nuestras falsas seguridades, para que juntos busquemos el bien de las comunidades y de cada uno de sus miembros. Más que nunca necesitamos cuidar la salud de nuestros cuerpos, en estos tiempos de cuidados y prevenciones; pero también debemos trabajar para cuidar la salud de nuestras estructuras de vida, para que ayuden a la madurez integral de las personas en la realización del Reino. Que la fraternidad brille en el corazón de todos, para estar atentos al más débil, para compartir generosamente nuestros dones, y para sostenernos en el servicio a Dios y a los hermanos.

Que San José, “padre en la ternura”, “protagonista valiente y fuerte”, “padre de la valentía creativa” nos acompañe en este tiempo difícil. Que María, servidora de la Palabra, nos cobije bajo su manto maternal, mientras peregrinamos a su encuentro en el cielo, donde fue subida y reina en cuerpo y alma por los siglos.

+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes