HOMILIA DE LA MISA DE ORDENACIÓN DE DIÁCONOS  
Catedral, lunes 16 de agosto de 2021
 
“y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos” (Mc. 10, 44)

 
Hermanas y hermanos:

El lema que Daniel, Mariano y Raúl han elegido brota del evangelio que se ha proclamado hoy (Mt. 20, 25b-28) La respuesta de Jesús al pedido de los dos hermanos, hijos de Zebedeo, manifiesta claramente cuál es su misión. Ha venido al mundo para revelar a un Dios que se pone al servicio de la humanidad para transformarla por el amor. No ha venido para repartir puestos, favores o privilegios. Momentos antes les había anunciado la pasión y muerte en cruz a la que se encaminaba. Se percibe en este capítulo del evangelio, que encontramos también en las versiones de Marcos y Lucas, que la ambición divide al grupo y crea una enemistad entre ellos.

Jesús “los llamó”, como recordando aquél primer llamado junto al lago, y hacerles ver para qué los ha llamado, cuál es la verdadera vocación. Evidencia dos caminos. Está el camino común, el del ejercicio del poder: “ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad”; y está el camino de los seguidores de Jesús: “Entre ustedes no debe suceder así”. Es un camino diferente. Para los que siguen a Jesús todos tienen la misma dignidad, una comunidad de iguales. No está prohibido “ser grande”, pero la única grandeza es el servicio gratuito: “el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes”. Es posible desear “ser el primero”, pero hay una sola manera para el discípulo: “Que se haga servidor de todos”, “que se haga su esclavo”.

La enseñanza para los discípulos es clara. Jesús indica el camino con su ejemplo concreto: “el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”. “Servir”, “dar la vida”: éste es el camino “entre ustedes”.

La primera comunidad cristiana crecía con los nuevos hermanos que el Señor acercaba. Los procedentes del paganismo eran dejados de lado por los judíos en la atención de las mesas. Empezaba a surgir un malestar. Los apóstoles ven necesario elegir a algunos hermanos “de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría”, para ocuparse de servir las mesas. Así surgen los primeros siete diáconos: Esteban, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás.

La pandemia ha sellado la vida de la humanidad entera el año pasado y este 2021. Un profundo dolor ha venido a traspasar el corazón de todos. Muchas familias viven el duelo de la ausencia de sus seres queridos. Como familia diaconal está muy fresco el recuerdo cariñoso de Hernán Rollano. Su serena sonrisa está grabada en nuestros corazones.

La pandemia ha venido a mostrar muchas realidades encubiertas; ha puesto de manifiesto las miserias del corazón humano y también las fortalezas y valores que animan la vida de nuestro pueblo. La desigualdad se ha mostrado con toda crudeza. Nuestras comunidades cristianas han reaccionado con verdadero sentido de solidaridad y servicio. Mujeres y hombres que se organizaron para acercar la vianda de comida a los humildes; los que, aún arriesgando su salud, se pusieron al hombro la asistencia a los más desprotegidos, los enfermos y sus familias, los niños y los ancianos. Una iglesia samaritana y cordial. La diaconía se revitalizó no sólo con la creatividad sino con nuevas personas voluntarias para ayudar en las necesidades. Han hecho presente a Jesús servidor en medio de la sociedad.

La asistencia a los pobres, débiles y sufrientes es la tarea esencial del diácono. Con la preocupación de sembrar la Palabra de Dios en los corazones está unido el interés por el bien integral de las personas y de la sociedad. Es propio del diácono el trabajo para que la persona humana sea respetada en su dignidad, y ayudar a los más frágiles para que experimenten en sus vidas la presencia de Jesús que los ama. Es misión de todo cristiano, pero un diácono está consagrado para ello en la comunidad cristiana.

Queridos Raúl, Mariano y Daniel, hoy la Iglesia de modo solemne los ha presentado llamándolos por sus nombres. Jesús hoy los elige por medio del Obispo y los consagra en el Orden Diaconal. El sí que ustedes dan hoy los compromete a servirlo en sus hermanos. Esta pandemia ha golpeado duro a toda nuestra sociedad. Hay mucho sufrimiento y mucha pobreza. Les toca iniciar el ministerio en un momento donde deben prevalecer en todos nosotros los sentimientos de Jesús que se encuentra con la multitud que lo busca con hambre; mujeres y hombres agobiados y a la vez esperanzados. Estamos llamados a hacer presente a Jesús que mira con compasión. Mientras nos dejamos curar nuestras heridas por nuestro Buen Samaritano, nos ponemos al servicio de quien nos pueda necesitar, sanando las “heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza”.

Estamos caminando juntos; vamos haciendo un camino sinodal de la mano del pueblo de Dios que camina en Latinoamérica y el Caribe, bajo la guía pastoral del Papa Francisco que nos convoca a un Sínodo universal para ahondar el espíritu sinodal en las Iglesias. Que encuentren, en primer lugar, en sus hermanos diáconos la cercanía y el apoyo, la comprensión y el consejo, para vivir la comunión con el Obispo y el Presbiterio. De esa manera, mostraremos al pueblo de Dios un testimonio de fraternidad y de alegría en el servicio.

Que María y San José cuiden de sus esposas e hijos. Que en sus hogares reine siempre la concordia y la paz. Gracias a ellos por acompañarlos a ustedes en el discernimiento de la vocación diaconal, y en el ministerio que desempeñarán en las comunidades.

Hermanas y hermanos aquí presentes, y a los que participan de modo virtual: Les pido que recen por todos los diáconos, y por todos nosotros, ministros del pueblo de Dios. Para que seamos fieles a Dios y a su pueblo, y para que Dios suscite muchas vocaciones en la Iglesia. Gracias a todos ustedes por la comprensión, el afecto y la ayuda que en todo momento y de muchas maneras nos brindan.

A los pies de la Inmaculada Concepción, patrona de la Diócesis de Quilmes, la saludamos con las palabras del querido Padre Obispo Jorge Novak:

“¡Virgen Inmaculada, Madre del Buen Amor!
A ti nuestra alabanza, a ti nuestra admiración.
A la vista de las situaciones que requerían tu intervención,
corriste a la casa de Isabel e intercediste por los esposos en Caná.
Mira ahora la angustia de las familias de los desocupados,
mira la extrema indigencia de tantos niños sin hogar.
Que tu amor de Madre se refleje en nosotros como Iglesia,
en nuestra solicitud por los enfermos, los débiles y los pobres”.

+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes