Homilía - Domingo 05 de septiembre de 2021 
Parroquia San Martín de Tours
Sobran las palabras frente al misterio de la muerte, pero sí brilla la luz de la Palabra de Dios. La única palabra que puede iluminar la oscuridad que cada ser humano vive frente a esta realidad límite de todos los mortales.

¡Jesús ha resucitado! Así lo ha proclamado el Evangelio, y así lo predicamos a lo largo de los tiempos. Jesús murió y resucitó; es la Buena Noticia. Esto se renueva día a día en nuestra vida, pero también en estas circunstancias que nos tocan vivir cuando despedimos a seres muy queridos, cercanos a nosotros, y que en este tiempo de pandemia es como que se ha recrudecido. Pero, como hoy hemos escuchado en la Palabra de Dios, no nos desalentamos. Nos alentamos con el aliento de Dios que es el Espíritu Santo, el gran regalo del Resucitado para seguir cargando la cruz siguiendo al único Señor y dueño de nuestras vidas: Jesús el Señor, el Salvador. En su nombre hemos sido bautizados. Ese bautismo que nos hace hijos de Dios, hermanos entre nosotros. En ese bautismo el Padre Leo experimentó el gran llamado, el llamado a la santidad; el llamado de ser de Dios, como todos los cristianos; el llamado a ser santos. En ese bautismo que fluye en nuestras vidas como la misma sangre, hemos recibido una vida sobre la que no tiene poder la muerte. Leo, junto a ese llamado a ser santo, a ser cristiano, también el Señor lo llamaba a ser sacerdote.

Leo nació para ser cura. Aunque lo ejerció muy poco tiempo. Así fue. Toda su vida fue como la de Jesús, que “pasó haciendo el bien”, dice la Palabra de Dios. Desde pequeño, junto al P. Closs, desde La Ribera de Quilmes, él sintió ese llamado, también, junto a su abuela, mujer de fe, con quien iba a San Cayetano (en “la Cañada”), iba a Santa Rita (en la IAPI), y ahí iba creciendo ese deseo de ser de Dios y de los demás. Cuando se tuvo que hacer cargo del Corralón de la familia, trabajó como un quilmeño más, luchando en la vida para sobrevivir, como todos. Pero también, siempre estaba el deseo de servir, como un boy scout, algo que llevaba en el alma: ¡siempre listo! Así Leo fue como amalgamando todo atrás de una sola cosa: ser un buen cristiano.

Así nace la vocación de la enfermería. Noble vocación de servicio, que en estos años duros que nos tocan vivir, nos hemos dado cuenta: ¡qué vocación tan noble! Lo ha dicho el Papa Francisco: “Le debo la vida a un enfermero, por dos veces en mi vida”. Cuánto lo puede decir cada uno de nosotros; cuánto pueden decirlo los médicos. Porque ellos están día a día, hora a hora, con el dolor del hermano. Uno de nuestros sacerdotes dijo, refiriéndose a Leo, “un sanador herido”. Todos estamos heridos, todos necesitamos ser sanados. Cuántos encontraron en Leo a Jesús, el buen samaritano, que dejaba todo lo que tenía para hacer cuando se trataba de un enfermo. Lo hemos experimentado con el Padre Obispo Maxi. Leo siempre preveía todo; hasta los últimos días, desde la cama del Sanatorio San Camilo, digitaba todo para conseguir los turnos de los sacerdotes que en estos días son atendidos, uno que se operó, otro que necesitaba un chequeo… hasta las últimas horas de esta semana. Todos lo sabemos. Y Leo no hacía bulla; porque el bien no hace ruido. Ese fue Leo; ese es Leo, porque ahora seguirá obrando más todavía en medio nuestro.

Leo, tan devoto de los santos, de la Virgen… Porque tenía un alma de pueblo; sin andarlo proclamando, vociferando, Leo era un hombre del pueblo. Amaba la Salud Pública, desgastó su vida en la Salud Pública. Está presente el director del Hospital “Evita Pueblo” de Berazagui; también se hizo presente con su saludo el director del Hospital “El Cruce”, traspasados ellos y sus compañeros por esta noticia: “se nos ha muerto un compañero”.

Leo fue un cristiano, pero nació para ser sacerdote. La alegría del sacerdocio se transmitía en todas las cosas que hacía. Aquí cabe mencionar a un sacerdote muy querido; que apareció en nuestra diócesis en 2012, venido de Verona (Italia), el Padre Eros Zardini. En el confesonario de la Catedral, chapuceando el español, se encuentra con Leo. Él iba casi decidido, mejor dicho, decidido, pero aún no concretada su entrada a la Abadía del Niño Dios, en Victoria (Entre Ríos). Ahí, en esos secretos del confesonario se consolidó la vocación sacerdotal que él la tenía desde niño; por algún mal entendido, o una mala información que recibió, creyó que no podía formarse para ser sacerdote. Gracias al discernimiento del Padre Eros, fuimos acompañándolo para el diaconado y el presbiterado. Ahí fue que el Padre Obispo Maxi lo acompañó en su formación sacerdotal, en una verdadera relación de amistad sacerdotal. Asi mamó con sus compañeros Christian y Martín, lo que es ser un hombre de Dios, un hombre del pueblo de Dios para su servicio. Cosas sencillas, comunes, pero que fueron expresando ese Dios que está siempre presente cuidando de la vida de cada uno, de cada una, para hacernos felices.

Leo fue un hombre feliz. Fue feliz siendo hombre; feliz siendo enfermero; feliz siendo un buen hijo en la familia, junto a sus padres Héctor y Chuli, su hermana Gabriela, teniendo siempre presente a su hermano que desde el Cielo lo acompañaba; feliz siendo cura. Todos lo podemos decir. Yo no tengo más que palabras de agradecimiento para él. Tuve la dicha de decírselo el pasado jueves, compartiendo un asado con los sacerdote y diáconos en “La Coloma”, cuando Leo fue en su silla y su pequeño tubo de oxígeno, aplaudiendo los cantos de sobremesa. Pude compartirle que le agradecía porque había sido un gran enfermero mío, junto al P. Obispo Maxi, cuando me tocó vivir este infortunio de la quebradura; cada vez más claro veo cuántos avisos me estaba dando Dios ese 7 de julio; el Padre Obispo Maxi que se va a la vecina diócesis de Avellaneda-Lanús, y el Padre Leo que se va al Cielo. Pero seguimos todos juntos, proclamando el único Evangelio. El Evangelio de Jesús, que es evangelio de amor. El amor es el único que salva. Es la gran belleza de la vida. Por más feas que sean las cosas que nos tocan enfrentar, por el amor se vuelven bellas. Como una madre en un hogar hace bello lo intrascendente. Así es; porque no es sólo por nosotros, es Dios. Porque donde hay amor, ahí está Dios. Eso es lo que hizo Leo: predicar el amor en las cosas sencillas.

Recién comentaba con el Padre Maxi que Leo servía a todos, negros y blancos, pobres y ricos, de izquierdas y de derechas. Ese era Leo. Y le compartía a Maxi que “en un hospital, en una cama de enfermo todos somos nada más que un ser humano”. Esa es la gran escuela de Leo para estar al servicio de todos. De los niños, porque fue enfermero en pediatría, de esos que hay que adivinar qué les duele… Él sabía ver detrás de cada persona cuál era el dolor que traía, y ahí, con ese gran remedio que él recibió como regalo en el sacerdocio, daba el consuelo del perdón y de la misericordia.

Por eso quiero que todos demos gracias a Dios por este gran regalo que nos hizo, la persona de Leo en nuestro caminar. Un quilmeño de pura cepa, de la Ribera de Quilmes. Que iluminó Quilmes, en la Iglesia de Varela y Berazategui. Dios lo llevó a los tres Partidos, en los poquitos años de sacerdocio. Por eso le encomendamos nuestra Diócesis, para que junto al Señor y a la Virgen, nos acompañe.

Quiero leerles el texto de un audio que él manda a un sacerdote días pasados desde la Clínica: “Acá, internado… se verá qué va a suceder… Pero confiados… Es así. Lo que vamos atravesando todas las personas, el pueblo de Dios, nosotros… De alguna manera nos vamos mezclando, en el camino por el desierto, con nuestras dificultades, perplejidades, idolatrías… nos vamos acompañando como pueblo, esperando entrar en algún momento en la tierra prometida. Es ese el camino que vamos haciendo. Sentirse acompañado por los hermanos, por todos ustedes. Uno no va caminando solo… Nos van alentando. Todo muy bien”.

Esas son las palabras de Leo. Su alegría y su sonrisa me animan a seguir hablando, cosa que me extraña… porque soy muy llorón. No es que no haya llorado. Realmente, esa alegría de la Pascua nos ayuda a seguir caminando, confiados a la Virgen, a la que tanto amaba, particularmente, Nuestra Señora de Luján. También desde el Sanatorio le decía al Padre Quique en un audio, ya voy a ir para allá, porque tengo que ir a saludar a la Virgen (la Virgen de Luján, en Villa España). Leo siempre iba cuando pasaba para el Hospital de Berazategui. Ahora, ya la saluda en el Cielo. Un primer sábado de mes, ayer, Leo fue llamado a la presencia de Dios, y la Virgen lo ha presentado al Señor. Eso para nosotros es un consuelo; es para nosotros una caricia en medio del dolor que todos tenemos, particularmente sus padres, su hermana, sus sobrinos, familiares, amigos y para todos nosotros.

Gracias por la presencia a todos los sacerdotes, diáconos, las religiosas, consagradas, a todos ustedes, parroquianos queridos de San Martín de Tours. Una prueba en la que no estamos solos. Sigamos adelante. Gracias querido diácono Miguel; gracias Florencia, gracias Ramona, gracias Mónica. Gracias a sus compañeros P. Christian y P. Martín y compañeros sacerdotes. ¡Gracias Padre Obispo Maxi!

+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes