HOMILIA - MISA POR LA VIDA CONSAGRADA 
8 de septiembre de 2021
Capilla del Obispado de Quilmes

 
Estamos viviendo tiempos marcados por una situación sanitaria que nos desafía a buscar y encontrar nuevos caminos de la Vida Consagrada: más experta en comunión, más promotora de fraternidad, más samaritana de un pueblo que peregrina en nuestra Diócesis de Quilmes a quien queremos ofrecer la “alegría del Evangelio”, como nos invita el Papa Francisco, a mirarlo con misericordia al modo de Jesús.

Sentimos la necesidad vivencial y pastoral de salir a las periferias, que están llenas desesperanzas y alegrías, como así también, de soledad, tristeza, con heridas internas y pérdida de las ganas de vivir.

En los Cuadernos de nuestro camino sinodal diocesano se nos describen las desigualdades sociales y el anhelo de tener una mejor calidad de vida. Los rostros de la violencia en sus múltiples formas, cada vez más doliente y preocupante, y, al mismo tiempo, un deseo sincero de vivir en una cultura de amistad y de paz social. Los gritos de nuestra tierra y el cuidado de la casa común, que nos invitan a una conversión ecológica, a una ética del cuidado de la vida.

El pasado 15 de agosto el Papa Francisco recordó en el Congreso Virtual de Vida Religiosa de América Latina y el Caribe, que es muy importante el desafío de vivir y reflexionar sobre la inculturación de la fe para la vida consagrada.

Francisco ve como necesario hacer el esfuerzo, incluso, para que pueda darse y desarrollarse una teología inculturada de la vida religiosa, que pueda ser adecuada a la realidad local, que pueda ser soporte de un pensar evangélico y ser, al mismo tiempo, vehículo evangelizador.

Una fe que no sea inculturada, dice el Papa, no es auténtica. Hay que entrar en la vida del pueblo, en el alma del pueblo, que es lo que da el verdadero sentido de una cultura nueva y de una Vida Consagrada renovada.

Y en este caminar, Francisco nos pide que entremos con respeto a sus costumbres, a sus tradiciones tratando de llevar adelante la misión de inculturar la fe, de evangelizar la cultura. Es un binomio, dice, inculturar la fe y evangelizar la cultura. Valorando lo que el Espíritu Santo ha sembrado en los pueblos, que es también un don para nosotros.

En este mes de septiembre prestamos atención a los Migrantes y Refugiados, multiplicados en nuestros barrios de la Diócesis. Vienen con culturas y costumbres diferentes, ricas en vivencias humanas y cristianas, con mucho para enseñarnos y enriquecernos, y, al mismo tiempo, también nosotros, como Vida Consagrada, poder ofrecerles nuestras experiencias fuertes de fe y de fraternidad.

“En realidad, todos estamos en la misma barca y estamos llamados a comprometernos para que no haya más muros que nos separen, que no haya más otros, sino sólo un nosotros cada vez más grande”.

En este caminar con el pueblo, vamos a encontrar también la respuesta a nuestra tentación de “supervivencia”, debido a la disminución de vocaciones. “Evangelizar al pueblo de Dios” -dice Francisco- ”y el resto, dejarlo al Espíritu Santo.”

Y para evangelizar al pueblo, también el Papa nos dice que la vida religiosa esté marcada de “alegría y sentido del humor.”

“Es tan triste ver hombres y mujeres consagrados que no tienen sentido del humor, que todo lo toman en serio. ¡Por favor! Estar con Jesús es estar alegres, es tener también la capacidad que da la santidad de tener este sentido del humor.”

Este momento histórico que nos toca vivir requiere, entonces, que fortalezcamos los diversos rasgos de nuestra identidad carismática, que asumamos el espíritu sinodal como nuestra manera de situarnos ante la construcción del tejido eclesial entre los más pobres de nuestro pueblo. Que seamos fieles al compromiso asumido en nuestra profesión religiosa, como una respuesta constantemente renovada, a la especial alianza que Dios ha sellado con nosotros.

Escuchar a Jesús en esta hora, y con Él y como Él, caminar hacia un nuevo modo de ser iglesia diocesana que se deja transformar para servir como discípula, profeta y misionera.

Solo cultivando este tipo de relaciones podemos hacer posible una amistad social inclusiva y una fraternidad abierta a todos.

La Virgen María indicó, guió y sostuvo constantemente a nuestros Fundadores. Creemos que María está hoy presente entre nosotros y continúa su misión de Madre de la Iglesia. Nos confiamos a Ella, humilde servidora en la que el Señor hizo grandes maravillas, para ser testigos del amor misericordioso de su Hijo Jesús entre los más pobres y vulnerables de nuestra Diócesis.

 
+ Juan Carlos Romanín
Obispo emérito de Río Gallegos