Homilía de la Misa Crismal 2021 
Iglesia Catedral – miércoles 31 de marzo de 2021

 
Hermanas y hermanos:

1.- La pandemia que vive la humanidad es la realidad desde la cual contemplamos el misterio de Cristo. nuevamente crucificado y nuevamente proclamado como el único Señor de la historia.

Con reducida presencia de diáconos y presbíteros celebramos esta Misa Crismal, seguida desde sus casas por todo el Presbiterio, Diáconos, y fieles de las comunidades parroquiales de la Diócesis por las redes sociales.

Como cada año, escuchamos esta proclamación del Evangelio según san Lucas. Jesús “volvió a Galilea con el poder del Espíritu y su fama se extendió por toda la región… fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre a la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías… ´El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres…” Cuenta el evangelista que “Jesús cerró el libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: ´Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír´” (Lc. 4, 16-18.20-21)

Jesús inicia su vida pública en la zona pobre y marginada del pueblo de Israel. Comienza en la “Galilea de los gentiles”; no parte de Jerusalén, es decir del centro religioso, social y político, sino de una zona periférica, despreciada por los judíos más observantes; es una tierra de frontera, una zona de tránsito donde se encuentran personas diferentes por raza, cultura y religión. Galilea se convierte así en el lugar simbólico para la apertura del Evangelio a todos los pueblos. “Partiendo de Galilea, Jesús nos enseña que nadie está excluido de la salvación de Dios, más bien, que Dios prefiere partir desde la periferia, de los últimos, para alcanzar a todos. Nos enseña un método, su método, que expresa el contenido, es decir la misericordia del Padre” (Francisco. Angelus 26/01/3014)

Los de Nazaret escuchan a Jesús; tienen sus ojos fijos en él. No es sólo un paisano más el que habla ese sábado. Es el mismo “Dios con nosotros”. Y Jesús les dice: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”. San Cirilo de Alejandría afirma que el «hoy», situado entre la primera y la última venida de Cristo, está ligado a la capacidad del creyente de escuchar y enmendarse (cf. PG 69,1241). Pero en un sentido más radical aún, es Jesús mismo «el hoy» de la salvación en la historia, porque lleva a cumplimiento la plenitud de la redención.

Es un “hoy” que nos interpela a cada uno de nosotros, que vamos haciendo un camino sinodal, o sea, caminando juntos en un momento que está teñido, por así decir, por la realidad de la pandemia del Covid-19.

La imagen de Jesús en Nazaret, es la manifestación de Dios que no se olvida de los pobres, de los marginados y olvidados; de las multitudes de sufrientes de la tierra. Es el Mesías, el Ungido, el salvador prometido y esperado que quiere “misericordia y no sacrificios”, porque «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos”; porque “el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido”.

2.- Como Iglesia de Quilmes ¿cómo seguimos nuestro camino sinodal?

Hay un pasaje del Evangelio que puede ser un ícono para orientar y acompañar la marcha:

“Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor…” (Mc 6, 34)

Impacta ese Jesús que iba con sus discípulos a tomarse un descanso, y al desembarcar ve a la multitud y se compadece.

«Jesús vio… y se compadeció» (Mc 6, 34)

Lo mueve esa capacidad de ver, de ver a otras y otros, de ver a su pueblo. Esa capacidad no se improvisa, implica un trabajo interior, una conversión paciente de nuestra mirada. Implica correrse uno mismo del centro, renunciar a planes y proyectos preconcebidos, hacer espacio a otros distintos de uno mismo. Ver —lo mismo que escuchar— supone tomar la decisión de no anticiparnos al otro con nuestros propios juicios y propósitos. Supone apertura franca, sin intenciones ocultas, sin intereses mezquinos. Jesús ve de ese modo.

«Jesús vio… y se compadeció» (Mc 6, 34)

Y se compadece. Se deja tocar por la realidad que le sale al encuentro, también esa realidad que él mismo no había elegido. Se deja conmover desde las entrañas. Se deja movilizar, en sus energías más profundas, por esas otras y esos otros que encuentra en su camino. Esa compasión no es ni pasividad, ni lástima, ni falso sentido de superioridad revestido de beneficencia. Es la ternura y el coraje del amor. Es el corazón desbordante del padre que corre a abrazar al hijo que se había alejado (Lc 15, 20). Es el coraje de quien, más allá de preceptos y fronteras, acepta salirse de su propio camino para hacerse prójimo del ser humano caído, golpeado y herido (Lc 10, 33). Esa compasión, esa misericordia, como nos ha recordado tantas veces el Papa Francisco, no es un detalle al margen ni un añadido circunstancial: es la fibra íntima, el corazón mismo del evangelio.

Desde esa compasión, actúa Jesús. Desde esa compasión acepta hacerse cargo, llevar las cargas de esa multitud que ha encontrado inesperadamente. Elige estar al lado y comprometerse con ella. Aquella tarde, Jesús «se puso a enseñarle muchas cosas» (Mc 6, 34) y, cuando ya iba anocheciendo, partiendo el pan —lo poco que tenían— sació su hambre (Mc 6, 35-44)

3.- Los discípulos, que no parecen haber comprendido lo que mueve a Jesús, hubieran querido despedir a la multitud. Con mucha prudencia y buen juicio, por cierto, parecería: que cada uno se consiga algo para comer, no sea que pasen hambre. Hubieran preferido volver a lo suyo, a sus planes, tal vez incluso a su esperado descanso.

Jesús les pide salir de sí mismos: «Denles de comer ustedes» (Mc 6, 37), poner lo que tienen para vivir —aquello que los hace vivir— para que otras y otros vivan (Mc 6, 38). Y, al final, recogiendo de la sobreabundancia doce canastas llenas (Mc 6, 43), les muestra el sentido de esa pequeña y pobre comunidad de doce que quiso reunir a su lado: no para ella misma, no para estar a gusto, sino para ver y compadecerse, para seguir multiplicando el pan y la palabra.

4.- ¿Qué nos propone este «ícono bíblico» para nuestro camino sinodal?

Tal vez nos propone, ante todo, reconocer desde la gratitud y la confianza que, también a nosotros y nosotras, Jesús nos ve y se compadece. Así como estamos, cansados y pocos, con las manos casi vacías y nuestras frustraciones a cuestas, medio golpeados y quizás incluso un poco deshechos entre tanta tormenta…

Y también nos propone «tener los mismos sentimientos de Cristo» (Flp 2, 5), ver y compadecernos a su modo. Ver, renovar la escucha, acoger incluso lo inesperado de esta realidad tal como nos viene al encuentro, sin juicios previos ni proyectos preconcebidos… Compadecernos, dejarnos interpelar, movilizar, conmover desde lo más profundo por esos otros, esas otras, nuestro pueblo. Hacernos cargo de sus cargas. Con ternura, con coraje, con paciencia, con un amor humilde que no pretende saberlo todo ni poderlo todo.

Desde esa mirada y esa compasión, redescubrimos que no hemos sido convocados y reunidos (esos dos verbos que están en la raíz de la palabra ekklesía, «iglesia») para nosotros mismos, para sentirnos a gusto o lamentarnos mirando hacia adentro entre la ilusión y la frustración repetidas… sino por y para otros y otras, en medio de este nuestro pueblo. Y se despierta esa creatividad que, con muy poco, incluso con casi nada, puede crear espacios que vuelven a alentar la vida y ofrecen —muy humildemente— el signo de una compasión más grande que la nuestra, de un reino que no nos pertenece y tiene siempre horizontes más amplios que los nuestros, de una esperanza que se nos ofrece siempre, inesperadamente, «contra toda esperanza».

Ante lo que este año nos depare, nuestro comportamiento eclesial será guiado por este ícono: “Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor…” (Mc 6, 34)

Hermanas y hermanas: “El Hijo del Todopoderoso viene al mundo asumiendo una condición de gran debilidad. Necesita de José para ser defendido, protegido, cuidado, criado. Dios confía en este hombre, del mismo modo que lo hace María, que encuentra en José no sólo al que quiere salvar su vida, sino al que siempre velará por ella y por el Niño. En este sentido, san José no puede dejar de ser el Custodio de la Iglesia, porque la Iglesia es la extensión del Cuerpo de Cristo en la historia, y al mismo tiempo en la maternidad de la Iglesia se manifiesta la maternidad de María. José, a la vez que continúa protegiendo a la Iglesia, sigue amparando al Niño y a su madre, y nosotros también, amando a la Iglesia, continuamos amando al Niño y a su madre” (Francisco. Patris corde 5)

Querido San José ¡ruega por nosotros!

 
+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes